Grand Master

26 Oct

En la gleba, en el pérfido campo

veintidós hombres

apuestan

al juego duradero de la vida.

Si se falla un gol nadie se amarga.

 

-El corazón trota con sus falsos herrajes-

 

Los rodean sus restos de presente:

la tarde apaciguada

por el plomo indeciso del verano;

amigos, hijos, nietos en alborozo

y sobre todo sombras

sombras bien definidas:

escudos que lava,

pule y vivifica, periódicamente, el polvo

en el que pronto se convertirán.

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Crónica sobre una gabardina que recorre los pasillos de un castillo abandonado/Eduardo Ruiz Sosa

26 Oct

Para que una realidad seduzca,

se requiere que evoque un fantasma

Nicolás Gómez Dávila

liboaLa distancia empieza en la palabra. Hay viajes que no son posibles si antes no hubo una distancia fundada en la contemplación de la palabra. Sin esa contemplación, sin esa imagen dialéctica del viaje, de la historia del viaje, el trazado de los mapas sería imposible. Todo viaje fue, primero, una promesa. Toda promesa es un aviso y un proceso de afectación. La contemplación como estatismo es una rendición al aburrimiento y al vacío. La contemplación que produce afectaciones deja de ser contemplación, se convierte en movimiento, en viaje, en potencia.

Normalmente un viaje puede sucederse una vez en el contexto de la vida de un individuo. Una vez en relación con el lugar al que se viaja. Todo viaje es un viajero y un lugar y la ruta del viaje, así como un puente es el puente y es alguien que cruza el puente (Cortázar). El segundo viaje a un mismo lugar se entiende como una visita, el reconocimiento de lo ya visto, de lo conocido previamente. Sin embargo, el viaje asumido como violentación de la inercia individual exige mayores propósitos para la elección de un destino y una ruta que los propios del reconocimiento y la panorámica. En el viaje siempre se sucede una afectación, una transformación del viajero, a la vez que una transformación de la ruta y del destino. El segundo viaje a un destino ya conocido debe motivarlo un ardor diferente, una inquietud no de redescubrimiento, sino de despliegue, no de renovación, sino de diferencia. La diferencia en el segundo viaje a aquella antigua ciudad de Ulises fueron los años, la distancia que los años confieren a las cosas.

Uno puede ver las cosas desde una longitud espacial, se trata de una abdicación de la vista en la lejanía, es decir, en la capacidad y la incapacidad de ver algo según esté cerca o lejos nuestro en un mapa trazado con magnitudes espaciales. Y uno puede ver las cosas desde una longitud temporal, y esto se trata de una abdicación de la memoria: la localización que las cosas tienen en el pasado y el desorden de todas las cosas en el amasijo del recuerdo. Vi a Lisboa a través de cinco años de distancia, a través de varios libros de distancia, a través de los recuerdos que se emborronan con el tiempo, a través de los ojos que tuve en aquellos años y que no ven lo mismo que mis ojos de estos años. Vi la ciudad rejuvenecida en el olvido, eterna como las piedras de un castillo lleno de fantasmas.

La primera vez cambió la imagen que yo tenía de la ciudad. Así como en la lectura conocemos a un personaje (y le dibujamos algunos rasgos difusos que van cambiando con el tiempo según cambiamos nosotros mismos, según olvidamos el libro o volvemos a leerlo en circunstancias diferentes, o según el libro cambia como la bruma, como el oleaje que aunque parezca siempre el mismo es siempre otro diferente) a quien luego vemos retratado en un dibujo o encarnado en los rasgos de algún actor famoso o desconocido que nos rompe aquella imagen conservada en la memoria, así en la lectura también conocemos a las ciudades, sus rincones y sus aires, para luego, si nos es posible, descubrirlas diferentes la primera vez que parados en su centro, en su corazón y su neuralgia, echamos al viento el vistazo que nos revela que aunque el libro dice a la ciudad de una forma, la ciudad se dice a sí misma con sus propias maneras. La ciudad, entonces, se decía en la sal, en el olor a sal de ese río enorme que siempre quiso

ser mar. Y crujía en las maderas de los escalones de sus edificios más viejos y en sus tranvías ruidosos, y se oxidaba en sus estatuas y serpenteaba en sus calles ya sin ponzoña. La segunda Lisboa, sin embargo, se decía de otras maneras: tenía las mismas callejuelas, los mismos rincones oscuros, los mismos espectros, pero nosotros éramos diferentes. La imagen de la ciudad durante el segundo viaje a Lisboa, cinco años después del primero, era otra porque nosotros éramos otros. Viajar a Lisboa por segunda vez era como volver a leer el viejo ejemplar de Pedro Páramo: nada estaba donde lo había dejado, ni yo mismo.

pessoan

La ciudad lo obligó a caminar. A caminar velozmente, esquivándolo todo, evitando chocar con los muros, los viandantes, las estatuas, los tranvías. La ciudad le enseñó a temer a los tranvías. A escapar de los espejos. Lisboa convirtió a Pessoa en un caminante desesperado. Así se potencian las paranoias. Empezamos en el pequeño café de la Plaza del Comercio, salimos y llegamos hasta la orilla, el Tajo quiere un oleaje y se empeña en subir el parapeto del malecón, la rampa por donde siglos antes bajaban las barcas. Subimos la Rúa Augusta, el movimiento lo exigen las figuras que tapizan las calles, blancas y negras, escamas de un pescado muerto, de una ballena legendaria y llena de tatuajes de marino. No podemos parar cuando llegamos al Rossío. Los lugares son los de siempre. La prisa es lo inusual. El castillo de San Jorge, la cumbre más alta del castillo, el lugar más oscuro, el corredor más angosto, los techos de todas las casas, los patios que desde abajo nadie puede ver. ¿Cómo no ser un enloquecido, cómo no huir de lo que sea? Las sombras se independizan en las farolas. No son farolas, son antorchas vivas y humeantes. ¿Cómo no escribir esos versos si había que salir todos los días a ese laberinto?, ¿cómo no hacerse de un laberinto interior, para salvarse de aquél que estaba escrito en la ciudad? Gil Paz escribió que para soportar los regímenes exteriores que nos consumen, es imperativo hacerse de un régimen interior superior, más agreste, más violento, más intenso. Hablaba de una burocracia individual que asuma toda la burocracia exterior. Hacernos libres dentro de las prisiones. ¿O dijo Hacernos libros dentro de las prisiones? Todo libro es también una cárcel. Gil Paz lo entendía así. Fernando Pessoa también. ¿Cómo no someterse a una migala terrible para olvidar el dolor por la partida de Ofelia? ¿O se llamaba Beatriz?

Sin darnos cuenta llegamos hasta el Barrio Alto. Un Mesías sin barba cantaba y hacía cantar a los desprotegidos hijos de Ulises, a los hijos de Hebrón, a los tullidos y a los ciegos, y les rompía el corazón a los viejos sajones, a los piratas veteranos, a los pelirrojos. Nadie quería pensar en las sirenas, dormidas todas en el fondo del Tajo. ¿Cómo no escribir epitafios en una ciudad llena de tumbas y huesos? ¿Cómo no hacerse un fantasma, un ejército de fantasmas que luego serían tan ellos, tan suyos, tan libres como incapaces de saber que antes, en un principio, no eran más que un manojo de nervios y sueños, nunca carne? ¿Cómo no ser un fantasma que quiere ser carne, tener nombre, tener una muerte y un santoral? Obligado por la ciudad a caminar la desesperación, Pessoa tuvo también la obligación de dar sueños a sus espectros. Ahí todo ente encuentra el plasma necesario para su corporeidad. Llegamos hasta los miradores, hasta la casa de un actor de teatro que tocaba una guitarra sin cuerdas. Y alguien cantaba. Una mujer cantaba en portugués, en español, en silencio, en la memoria, en la melancolía de alguien que no era ella. Aquí la melancolía es la única democracia verdadera. Tuvo que ser así: no fue culpa suya, fue culpa de la ciudad cuando la ciudad le dijo, Camina, si no caminas no hay salvación. Te están buscando, y siempre te van a encontrar. No eran versos, eran cartas tiradas al río. No son anguilas, son las palabras y la tinta.

Ni las palabras de su epitafio las escribió él. El mundo se lo robó a su madre en el nacimiento, pobre de ella; la muerte del padre y la soledad de África se lo robaron para la escritura; y cuando la muerte se lo devolvió, como un hijo que regresa al vientre buscando consuelo, el falso brillo de las instituciones, ese decoro de pacotilla, se lo robó para ofrecerlo a los leones. No fue el gobierno de los hombres, fueron los otros, los que habiendo muerto no murieron de verdad. ¿Cómo no estar solo así, cómo no querer estar solo? No sabía, no podía saberlo, que cuando escribió aquellos primeros versos le estaba abriendo las piernas a Pandora para que pariera a los hijos que serían sus hermanos: él sería Abel, el resto serían Caín. Aún así los amó como se ama a los hermanos. Y tuvo celos de ellos. Quizá por eso él mismo escribió tan poco. Les enseñó la ciudad, pero ellos llegaron a conocerla mejor que él. Por eso no podía esconderse, por eso tenía que andar tan rápido, con la estela breve y ruidosa de la gabardina, sujetándose el sombrero y con los libros pegados al pecho. Por eso los versos y el ritmo, por eso la cadencia de río lento y pesado: quizá creyó que estirando el vocablo tardarían más en llegar a él. Entonces llegamos a Belém, y la tarde trajo la lluvia torrencial, la zozobra de las barcas. Pessoa se escondía tras los muros mojados. Él no lo sabía, pero los otros estaban ahí. Dentro de él, todos.

Intentaría confundirlos, y lo único que consiguió fue invocar a más y más espectros. Tenía que seguir escribiendo porque tenía que seguir caminando. Quizá es por eso que los últimos versos no estaban firmados: quería dejarlos leyendo, dejarlos ahí pensando ¿Quién escribió esto?, matándose unos a otros por estampar su nombre en lo que, creían, eran sus propias palabras. Y no eran las palabras de nadie. Eran, quizá, las palabras de Nadie, del primero, de Ninguno, del Caballero de la Nada, Chavelier de Pas, que llevaba tanto tiempo en silencio, que lo conoció niño y quizá le tenía un poco de cariño, un poco de ternura. Entonces volvía a caminar por todas las calles del mundo, sin moverse, sin dejar Lisboa, de pie en la barra del bar porque la escritura es también caminata, viaje, movimiento, potencialidad. De pie toda la noche junto al poyo de la ventana escribiendo un poema larguísimo que debía ser un laberinto. Pero ellos no se perdían. Lo conocían a él demasiado. Él era la ciudad de ellos. Él era su Lisboa. Nosotros, lejos de todo eso pero a su alrededor, en sus lindes, bajo la llovizna, ya estábamos muy adentro del viaje, ya habíamos comenzado a cambiar mucho antes porque nuestro viaje era de otra naturaleza, y había empezado en otro momento, y Lisboa se agregaba a nuestras ciudades, a nuestro itinerario vital en la forma en que un corazón nuevo se agregaba a la galaxia de nombres que perseguían al poeta. Cuando cayó la noche y el Tajo era ya una sábana, cuando los últimos perros que aullaban ya no podían verse y los pasos y las sombras no tenían dueño, cuando el viento trae un fado lejano, el quejido de un cuchillo atravesando el costillar, cuando las palabras son calles que hay que escribir para poder alejarse o acercarse, cuando el poeta quería estar más solo y lejos de todo, ellos estaban más cerca de él y más hambrientos, ellos siempre tienen hambre, y nosotros, que creíamos en los paraguas como en fortalezas imbatibles, estábamos al pie de una escalera larguísima sin saber si acabábamos de bajar o si estábamos a punto de subir. Quizá fue entonces que empezamos a pensar en el viaje de otra manera: sustancia inicial de la vida del errante, germen primitivo de toda pérdida y de todo encuentro, postulado irrevocable de la ley que borra todas las fronteras, partícula elemental de la configuración del Ser. En suma: inmanencia.

fernando-pessoa11Pessoa no era un viajante de Lisboa. No recorría la ciudad con el placer de un turista que tiene la suerte de nacer en el destino final del viaje más grande de su vida. El poeta erraba porque huía. Erraba porque era esa su naturaleza. Erraba porque quería estar solo y no lograba desprenderse de sí mismo. Erraba porque la escritura lo eligió como a un profeta renegado. Errar. Errar de la errancia. El error en la ruta de los viajes. El error no como equivocación de las escalas y las etapas, no como confusión del destino y la ruta, errar no como una falta imperdonable. Errar de errancia. Errar como escribir en el nombre de los otros, de los que no tienen manos para decir quiénes son, o quiénes quieren llegar a ser. Errar como ver el camino asfaltado y elegir la selva, el desierto, el río donde confluyen todos los caminos y, por tanto, ninguno de ellos. Errar en el sentido galáctico, en el sentido planetario, en el sentido solitario. Si nosotros veíamos el castillo de San Jorge allá en la cumbre, el poeta veía, quizá, las infinitas formas de perderse en el camino. Si nosotros veíamos los puentes larguísimos que atraviesan el Tajo, él veía tal vez una barca que lo mismo podía cruzar el río, lo mismo podía llegar al océano, lo mismo podía llevarlo tierra adentro hasta el corazón del continente, lo mismo podía hundirse unos cuantos metros más allá de la orilla, demasiado lejos ya para volver, no lo suficiente como para alcanzar el otro extremo. Quizá por eso temía de los tranvías: tan dirigidos, tan precisos en sus movimientos, tan prisioneros. Quizá por eso escribió sin ser él mismo: buscándose en los otros que lo odiaban tanto a él porque les dio vida de emisarios, de heraldos, de poetas, mas no de hombres. Viajando en un barco de vapor escribiendo sus cartografías sobre la marcha, borrando sus pasos con los versos de otros, borrando sus versos con los pasos ajenos que hacen sonar las piedras de las calles de Lisboa, los escalones y las cloacas. El poeta no vivió en la ciudad, vivió la ciudad. Donde nosotros veíamos el inicio de un viaje mayor que nuestra esperanza, Pessoa, quizá, escribía y lloraba porque no alcanzaba a ver el final de todo esto, el término último de la caminata.

Donde no vemos el final en el viaje es donde empezamos la lucha contra el dogma de los mapas. El doxa de los mapas, dictado por el andar y la recolección de los hechos del andar. El mapa es más una opinión, un parecer. El viaje es conocimiento, episteme, herida. La herida instruye porque produce una cicatriz que se enclava en la memoria, la cicatriz deviene escritura. El viaje escribe en nosotros la cicatriz de un mapa que no es doxa sino esperanza, virtualidad: lo que subyace bajo la superficie, bajo el gabán del poeta, y que sobresaldrá en algún momento de la ruta. La vida es la actualización permanente de lo virtual. Nosotros no estamos en el viaje ni el viaje en nosotros: al final, nosotros somos el viaje. Como la vida y el viaje, la palabra del poeta no se comparte, se inmola (Jabès), y quizá por eso fue la velocidad del andar lo que lo empujó hacia las cosas, a chocar con ellas, a verlas de cerca y sufrirlas en su carne, en su corazón. Ahí se incendiaba él, ahí se crucificaba. No escribió sobre el desasosiego, él mismo fue el desasosiego. Alguien más tenía que venir a escribirlo, alguien que siendo él tenía que ser otro. La otredad en nosotros mismos. La existencia altruista macedónica. El vínculo y el compartir del vínculo. Un vínculo no existe si no es compartido. Nada puede tener existencia si no ha habido un compartir (Jabès), por eso viajamos y vivimos buscando secretos que los otros no sepan para guardarlos tan profundamente con la esperanza de tener a quién decírselos un día para que se convierta, de repente, en nuestro amigo más querido. Todo esto no es más que un enloquecido viaje. El mapa viene después, cuando ya hemos sufrido la herida.

En una carta que Gil Paz empezó a escribir, y que nunca llegó a terminar, dice que es nuestro encuentro con el mundo lo que actualiza al mundo, lo que constantemente nos transforma cuando nos relacionamos con el mundo. Es decir, entramos en el mundo, constantemente, y el mundo nos transforma porque nosotros transformamos al mundo. Las caminatas de Pessoa por las calles de Lisboa hicieron la Lisboa que nosotros conocimos en el viaje, en el libro. Su escritura modificó al lector que a la vez modificó su escritura. Sus fantasmas, nacidos de su prisa, le concedieron lentitud y vocablo. La Lisboa que nos afectó a nosotros es la Lisboa afectada por Pessoa afectado por Lisboa. En la ruta cambiamos el viaje, y el viaje nos actualizó a nosotros que sin saberlo encontramos que el uno es al otro como un viaje a Lisboa, como un libro de Pessoa o de Gil Paz, como una ruta a través del mundo: somos el viaje porque viaja el uno en el otro, porque al volver del viaje descubrimos que el viaje no empezó ahí, y que el viaje, como el libro, es lo que está constantemente sin terminar, lo que está constantemente recomenzando.

Septiembre de 2011

Santa Anna, Cerdanyola

Teatro Casa de la Paz/Gerardo Ascencio Rubio

26 Oct

teatroSergio López ha sido un apasionado del teatro: primero, como actor; después, como teatrero; más recientemente, como historiador y cronista. A lo largo de estos últimos años ha recorrido, que yo sepa, varios teatros de Sinaloa: el Ángela Peralta de Mazatlán, cuya excelente edición es ya necesaria en la bibliografía, igual que la de los teatros Apolo y el antiguo Ángela Peralta de Culiacán. Sobre este último fue la conversación que tuvimos hace apenas un año, cuando Sergio nos descubrió este proto teatro de la capital sinaloense, híbrido entre la petatera colimense y los corrales de comedia. En ese escenario de petates y madera se escucharon las primeras óperas en Culiacán, se enfurruñaron las primeras divas y fracasaron en taquilla los títulos más sonados.

Estos libros que menciono fueron una excelente oportunidad para acercarnos no solo a la evolución y los avatares de los recintos, sino a la vida cotidiana de la época. El libro que hoy nos ocupa, “Mudanzas en el tiempo”, es similar a los anteriores, pero mucho más extenso y rico: su revisión abarca desde el siglo XVII, con la creación de la hacienda de María Magdalena Dávalos de Bracamontes y Orozco, tercera condesa de Miravalle, en cuyos terrenos se desplantó la colonia Condesa de la Ciudad de México, hasta época actual, cuando el Teatro Casa de la Paz está bajo la administración de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Si bien el repaso de los primeros tiempos es sucinto, al adentrarse en el siglo XX la investigación se vuelve más prolija y documentada. Es un extraordinario ejercicio de microhistoria, ya que los sucesos de este teatro se ligan de manera estrecha con los principales eventos de la Ciudad de México y del país.

Así, repasamos la post revolución y el obregonismo, con la ominosa sombra del caudillo sobre la familia Prieto, su constructor y primer dueño; el reinado de las tiples de moda; el nacimiento del cácaro; el jazz y los clubes deportivos; el surgimiento de las inocentes pandillas que primero asolaron el barrio y luego la Patria: los echeverrías, los lópez portillos, los durazos; la decadencia, caracterizada en ring y en taller mecánico; el renacimiento como cine de barrio, económico y alcahuete; el teatro de revista y el vodevil, con Uruchurtu como personaje central omnipresente; el insostenible estudio fotográfico; la figura señera de Miguel Álvarez Acosta; el fabúlico pánico escénico de Jodorowski; las revueltas del 68 y el 71; las crisis de los ochenta y la providencial llegada de la UAM, como deus ex machina, para restituirle a la edificación su antiguo señorío.

Pero Sergio López tiene muchos más méritos que la acuciosidad: es capaz de elaborar tramas donde todos los tiempos y los diferentes espacios se relacionan; donde los personajes parecen predeterminados para estar ahí, en esos precisos momentos, no importa si nacieron en San Luis Potosí, en Cumpas u otro pueblo de Sonora, si llegaron con la

intervención francesa o si la leva los hizo soldados. Pareciera que fue una confabulación universal la que creó el teatro, la que lo hizo permanecer, la que lo mantiene en su sitio.

Mención especial merece la presencia de don Miguel Álvarez Acosta, político y hombre culto, aunque suene contradictorio. Potosino que fue gobernador de su estado, diplomático, director de Bellas Artes y del Organismo de Promoción Internacional de la Cultura. Que entendió la promoción cultural de manera abierta, abierta a todos los tiempos y las artes. Que consolidó un espacio donde confluyeron los clásicos y los contemporáneos; la música, el teatro, la danza, la plástica, el cine, la arquitectura y la escultura. Es sorprendente que, a pesar de encontrarse en los periodos más cerrados de la historia contemporánea de México, a pesar de trabajar con el presidencialismo más autoritario, este espacio fuera capaz de mantener a raya la censura y el obscurantismo, y llevar a su escenario el arte más vivo y contestatario de su época. Eso solo lo hacen los verdaderos hombres de su tiempo. Y don Miguel supo serlo.

Pero lo que no pudo hacer el autoritarismo, lo hizo el desparpajo lopezportillista: el teatro se silenció a finales de los setenta, con la renuncia del último director de esa época, Jorge Saldaña. Y esperó, empolvado y paciente, hasta que la joven UAM lo rescató para sí y para la sociedad mexicana. Y entonces, en 1983, la presencia luminosa de Álvarez Acosta volvió a su butaca de siempre. Y María Teresa Rivas volvió a leer los mismos poemas que en 1965, cuando se inauguró la Casa de la Paz. Y Juan José Calatayud sincopó, como en una película de los años veinte, variaciones interminables para una secuencia de vistas que se repite en espiral. Ibargüengoitia resucitó y volvió a matar a Obregón, la eterna némesis del constructor y primer dueño del teatro. Y así llega a nuestros días.

Y lo que me hace pensar toda esta épica, es en la época actual. Digo, perdón por el tópico. Pero es que la evolución en el tiempo de este teatro me hace pensar en la involución de muchos de nuestros actuales escenarios, sobre todo públicos. Déjenme me explico: si el cine Condesa empezó con vistas, pasó a teatro, fue club deportivo, ring de box, taller mecánico, teatro de revista, recinto de bayaderas, centro cultural, muro de contención de la censura, proyecto cultural personalísimo y, finalmente, recinto de extensión universitaria; ahora veo que muchos proyectos escénicos han seguido exactamente el camino contrario: ha pasado a ser, de recintos de promoción de la cultura a recintos de vodevil, espejo de las comercializaciones, arca de manos libres, refugio de los lugares comunes, privilegio de los procaces, torre de la sicalipsis y una larga letanía de despropósitos. Siguiendo este camino, seguramente llegarán a lo que fue previamente el cine Condesa: un baldío cuyo nombre tenía reminiscencias de un antiguo legado de nobleza y abolengo.

Solo me resta un reclamo final, este al autor del libro. Lamento, Sergio, que hayas develado el misterio del viejo piano Stenway que ejecutaba por sí mismo una melodía aleatoria y atonal. Me hubiera gustado que lo incorporaras a tu posible final. Sería encantadora la imagen de Prieto Trillo tocando el piano y contando centenarios: es el sueño de todo

pianista. Al menos de los que yo conozco. En esa tertulia que tú imaginas yo veo también a Carlos Montemayor, entonando esos lieder que tanto le gustaban y pasando las llaves del teatro al funcionario de al lado. Veo a Jorge Ibargüengoitia, que se prepara unas cubas libres. Observo también a unos adolescentes echados sobre el plafón, viendo las piernas de Celia d’Alarcón y sobándose la entrepierna. Más allá, Mauricio Garcés está empedernido de tabaco y soltería.

Pero me sigo conmoviendo más con la imagen del viejo en su cuarto circular, con sus quejas circulares, con su contabilidad circular de centenarios circulares: con su vida espiral, como la de ese recinto teatral al que los dioses le otorguen larga vida.

(Leído que fue en la presentación realizada en la FIL de Guadalajara, noviembre de 2011).

Picar hielo, avivar el fogón/Juan Esmerio Navarro

24 Oct

Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo,

Me sirvieron el amor en callos fríos.

Dije delicadamente al jefe de la cocina Que los prefería calientes,

Que los callos (y eran a la portuguesa) nunca se comen fríos.

Álvaro de Campos

traducción de Octavio Paz

cocinaPertenezco a la cofradía de los bostezos: aquellos que duermen y despiertan temprano. Hoy me puse en pie a las cuatro de la mañana. El mercado Gustavo Garmendia es a esta hora una romería inimaginable para otros clientes mesurados que harán sus compras más tarde. Cuando es día de cocinar, es aquí donde el placer de hacerlo empieza para mí. ¿Qué es más grato, ver un pargo coconaco de cinco kilos tendido sobre una cama de hielo que fue cazado la tarde de ayer, o verlo salir del horno, cortado a la mariposa, revestido con nuevos colores, fruto de aderezos, salsas y vegetales, con el mismo empecinado olor que ahora es otro?

Mi pasión, en la cocina, es la comida del mar. Y aquí llegan, de los campos pesqueros vecinos (La Reforma e isla de Altamura y sus alrededores), delicias capaces de desquiciar a cualquier chef del mundo. Las traen pescadores y coyotes que malduermen, en camionetas que vieron pasar sus mejores años, repletas de hielo, básculas, palas y cuchillos; hombres dispuestos a vender en la banqueta a precios francamente accesibles. Hombres que más tarde se lanzarán a templar sus piernas en el vaivén de la marea y a recoger las redes con la fe que les enseñó Cristo.

En este mercado José Vasconcelos y su comitiva «cenó muchas noches» en diciembre de 1928. Pienso en él, en las palabras que tanto calan entre cierta inteligencia, de este y del otro lado del estado: «En Sinaloa termina la civilización y empieza la carne asada». Hay una variante: «En Sinaloa empieza el olor a carne asada y termina la cultura». Ambas apuntan a lo mismo. ¿Es cierto que nuestra tradición culinaria se limita a un platillo? ¿Es real ese abismo del que habló el candidato a la presidencia de la República, incluso para su tiempo? ¿Acaso fue un latigazo de inteligencia que quiso ser un acicate?

Dicha greguería no está en El proconsulado,[Footnote] en las veinticuatro páginas que escribe a propósito de su gira por Sinaloa. Están, en cambio, una serie de elogios a los platos que aquí comió, en convivios que no duda en llamar, más de una vez, banquetes. Está su sorpresa por la recepción del público, que entró con boleto pagado a la conferencia que dio en el teatro Ángela Peralta y por la que ganó la cantidad de novecientos dólares —de aquellos dólares de antes de la caída de la bolsa en 1929— y que se guardó para enviarlos a su familia a Estados Unidos, por sugerencia expresa de los anfitriones. (Antes ya había estado en el teatro Apolo de Culiacán con el mismo propósito.) Conferencia que tuvo que repetir al día siguiente y cuyas ganancias, «también crecidas», donó el candidato a la beneficencia local. No menos sorprendido se mostró cuando una dama contrató una orquesta para animar un encuentro con él y que deliberadamente dejó fuera del programa piezas de jazz y fox trots, para centrarse exclusivamente en la música mexicana y española. El alma de su gira por estas tierras, «el jefe de mis delegados», fue Juan B. Ruiz,[Footnote] del que dice, cuando de tomar fotos y atender a los corresponsales de prensa se trataba, que lo hacía «Con su disciplina de hombre de negocios culto».

Vasconcelos era un cronista puntilloso. Sabía ver de cerca y más allá de la tierra que pisaba. Desde que ingresa a Sinaloa lo hace con una gran percepción de la naturaleza. Pero ¿cuántos detalles no escapan a una campaña presidencial sin fondos?

¿Cuándo acuñó la frase, cuando el pueblo mazatleco que le prometió levantarse en armas a defender el triunfo no lo hizo? ¿Es la suya una ocurrencia de candidato cobijado en el despecho? ¿Son palabras de tertulia? Quizá un texto de esta naturaleza no sea lugar para extenderse sobre el tema pero el aforismo bien merece ser desmitificado en la propia fuente.

Cierto que el autor de Ulises criollo al principio se queja de «El abandono de todo lo que es cultura», a propósito de la usencia de un museo natural que exhiba la riqueza del golfo de Cortés, al que se niega llamar, para no ceder a «una estúpida pedagogía», golfo de California. (Nuestro hombre no cedió, por lo menos en El proconsulado, a la tentación de tachar de «palurdos» a sus oponentes; en contra, por supuesto, de los ilustrados, a los que él pertenecía.) Pero luego, en la página siguiente, anota por subtítulo: «Dulzura sinaloense».

Hay quince elogios a la gastronomía y al nivel de cultura de los habitantes, algunos francamente emotivos. Citaré solo tres: «Lo que en Culiacán es único es una ensalada de tomates rebanados con buen aceite y vinagre. En general el tomate es insípido y bueno apenas para el guiso; pero el tomate de Sinaloa tiene la pulpa en el interior tierna y dulce sin la sensación desabrida del tomate ordinario.». P. 56.

¿Sabría Vasconcelos que los griegos, que él amaba, eran los responsables de esos tomates? Le faltó ver la manera en cómo asaban un borrego completo a las brasas en sus celebraciones.

Los mazatlecos dieron a su campaña tintes de epopeya, con el aire de carnaval que los porteños imprimen a los asuntos públicos que emprenden. Anotó en sus memorias: «Cerca de cincuenta comensales nos reunimos a la mesa, servida con lujo de vinos y viandas». P. 65.

Y dijo de sus anfitriones sanignacenses, donde pernoctó tres días: «San Ignacio, importante distrito minero y solar de viejas familias educadas.». P. 67. Dos de ellos (el mismo Juan B. Ruiz y Nacho Lizárraga, convertido en las décadas siguientes en personaje de leyenda con el apodo de el Chicuras) habían trabado relación con él en el exilio, pero fue un mazatleco (el doctor José María Urrea) quien lo rescató de Stanford para llevarlo a San Francisco, donde tomó su primer aire la campaña vasconcelista.

Páginas atrás, a propósito de un almuerzo pastoril en el corredor de la casa solariega de la familia Arámburu en El Quelite, ante la abundancia del menú, habló de la «gula sana».

Hay un elogio que debía ser el corolario de su campaña por esta tierra. Pero lo escribe —como en las modernas novelas de la época se estilaba— al mediar el relato: «Buena raza la de Sinaloa.». P. 58.

También hay dislates, como aquel en el que dice: «Ángela Peralta, nacida y criada en Mazatlán». P. 59.

¿Fue entonces José Vasconcelos el autor de la frase de marras?

Sí, según José Rubén Romero. De ser cierto, esa es la cita suya que mejor ha arraigado (si excluimos el eslogan «Por mi raza hablará el espíritu»), curiosamente sin ser escrita. Y la que mejor habla de su honestidad intelectual.

Y no, según Lourdes Cervantes Cota, sobrina nieta de Raúl Cervantes Ahumada, sombra también, junto con sus hermanos, del candidato del partido opositor a Emilio Portes Gil, y a quien don Raúl le contó que la frase empezaba con un «Ojalá que en Sinaloa no…» (Los subrayados son míos.), lo que atenúa su resonancia.

Carlos Ruiz Acosta, sobrino de Juan B. Ruiz, dice que el tío, que siguió a su líder a Centroamérica luego de las elecciones, nunca le mencionó el versículo de rigor. Cosa curiosa: Juan B. Ruiz fue un gran cocinero, labor que también desempeñó en la gesta del maestro de América.

Este libro contradice esta percepción que, en ambos sentidos de la frase, se ha generalizado poco menos de un siglo después para definir nuestra tradición culinaria y nuestra cultura. Nada más exquisito que la sopa de ostiones de que nos habla don Raúl Cervantes Ahumada. Una creación propia de cocineros de reyes —y lo fue: pero de la nobleza indígena. ¿Y qué decir de los aires mediterráneos que la cocina de Culiacán ha hecho suyos con las aportaciones de los inmigrantes griegas, según se lee en el texto de Felipe Parra, a caballo entre la ficción y la realidad?

Los ingredientes de la cocina sinaloense vienen del mar, la tierra y el aire. (Culiacán es, en ese sentido, una ciudad de privilegio por su ubicación, equidistante del mar y la montaña y asentada un en valle feraz; rodeada de cualquier cantidad de rancherías de donde llegan productos lácteos —queso, natas, jocoque, requesón— excelentes.) Es justo esa su nota distintiva en el concierto de la cocina mexicana: la calidad de los ingredientes y la ausencia de cierto barroquismo al momento de preparar las viandas.

En ninguna otra cocina regional se usa tanto el cuchillo: la pureza de sus líneas, los destellos de su metal, la sinceridad de su agudeza son imprescindibles, como en la comida oriental, cuando de mariscos se trata. Se pica con frenesí. A cambio se puede comer en poco tiempo, como lo demuestran los marisqueros de carreta.

(Y si queremos comer con presteza y puntualidad, se debe atender el cultivo de otras especies: gambas, vieiras, bogavantes; pues en el consumo inmoderado se han ido especies que antes se encontraban en cualquier resquicio de roca que el mar —y los ríos— rozara: choros, cucarachas —llamadas en España quitones—, lapas, caracoles, percebes, mejillones; langostinos; mientras que el ostión de piedra agoniza. Los nutrientes del océano Pacífico y los márgenes de ríos y presas dan para eso y más. Hacerlo sería revolucionar la mentalidad de los pescadores —acostumbrados a cosechar sin sembrar—, que dejarían de serlo para convertirse en mariscadores. Por otra parte quizá debamos atrevernos con los erizos, de los que está tapizada la franja costera de Mazatlán, y que son tan comunes en la cocina de Chile. Y con las serpientes y las anguilas —boccato di cardinale en otras gastronomías del mundo, aparentemente tan diacrónicas como la italiana y la japonesa—, declaradas incomestibles en nuestras costas. Por lo que hace a los vegetales, entrarle con más fe a las berenjenas.)

Se compone, además, de una gran cantidad de recetas (Alma Cervantes Cota ha compilado más de trescientas, desde la época prehispánica hasta la colonia, entre ellas las comidas y bebidas de los indígenas del septentrión, algunas a punto de perderse, y otras irremediablemente perdidas para siempre) que han quedado plasmadas en otros tantos recetarios, algunos ya parte esencial de la mesa familiar de todos los días. Pienso sobre todo en Recetas de las familias de Culiacán, Las recetas de la abuela (estas dos obras colectivas), Mis recetas de cocina, de Cuquita Cárdenas, Las recetas de la mamá Licha, de Alicia Echavarría de Escobosa, Recetario exótico de Sinaloa, de Josefina Rayas Aldana y, más reciente, Recetario tradicional sinaloense y El saber del sabor sinaloense, de la propia Alma Cervantes Cota, que ha ubicado, con olfato de historiador, las recetas en su contexto histórico, apoyada en una bibliografía rigurosa y en entrevistas de campo.

Pero la cocina es algo más que estrictamente recetas. En este libro, el lenguaje, la historia de familia que la receta ampara y el entorno donde el platillo se concibió (por necesidad, creatividad u ocurrencia —o todo junto) es parte esencial de su contenido. Para elaborarlo hemos invitado a una serie de escritores y artistas cuyas predilecciones, como era de esperarse, van desde los vegetales hasta la carne y los mariscos, sin olvidar el colachi, junto con el quelite y la verdolaga, infaltables en el menú vegetariano.

Estas páginas quieren ser un rescate, una revaloración y un posicionamiento, y hablan no solo de la abundancia de una cocina sino de la pluralidad de matices de ejercerla. La cocina de Sinaloa no se ha petrificado: ha hecho suyos, para dar otros colores a la pulpa del pescado zarandeado, y para ingresar al horno ciertos cortes blandos, ingredientes de uso relativamente nuevo, sobre todo salsas, sopas y aderezos; y jugos de almeja para los cocteles y el ceviche. Y le ha dado la vuelta a los ingredientes tradicionales que la distinguen. Así pues, además de comer callos de hacha con pepino, limón y cebolla morada, ahora se sirven en Mazatlán (de la mano de las escuelas de gastronomía que buscan su mayoría de edad en todo el estado) esos mismos callos con mango Kent y hierbabuena.

Ahora también se hacen con abulón (ingrediente que, junto con el callo de hacha, se trae de Baja California), por citar otro ejemplo, unos canapés de chilorio muy a tono con la new cuisine. Y qué decir de los tacos de pato (ave que casi era, hasta hace algunas décadas, de estricto consumo asiático) y de pulpo que se comen en Culiacán y Los Mochis. Ah, delicatessen. A la misma altura del paté de camarón que se prepara en Escuinapa, y el de marlín en Mazatlán; y del taco gobernador. Y ya que estoy picando, pasaré de lo salado a lo dulce, como sugiere la buena mesa, y probaré la mermelada de lichi que Magda Crisantes ha creado para los paladares finos. Su conserva es la fusión de dos culturas poderosas: la griega, de la que ella es heredera, y la china (por el origen del fruto, la textura y el sabor), que ha sobrevivido en Sinaloa, como observa Claudia Bañuelos. De esa mermelada color beige, que va más allá del pan con el que se le asocia desde siempre, ella deriva cualquier cantidad de recetas —sobre todo dulces, como era de esperarse.

Hay nombres propios que han trascendido la región. Pienso, y empiezo a salivar a ritmo acelerado, en el aguachile (herencia puramente prehispánica, por lo que hace a la salsa chirle). Su nombre debería ser denominación de origen para el mundo, Gabriela Morfin Damy dixit. Pero mientras eso sucede, desde hace una década se le ha añadido, en términos de sabor, una delirante variedad: aguachile con callo, cuyo secreto al servirlo es la salpimienta y la mezcla de dos variedades de chile silvestre: el chiltepín y —un nombre propio de poeta hindú— pico de pájaro.

Me cuenta un amigo nutriólogo que el callo de hacha carece de proteínas. Pero qué importa si su consistencia es lo que más nos acerca a ese deseo inconfesable de Artemisa por las presas que cazaba. Su sabor es lo más parecido a la piel que se ama.

Quizá aquello lo sepan desde siempre los indios de la costa de Sonora, que lo extraen pero no lo comen; nada más lo comercian para comprar carne. Me pregunto si tirarán las vísceras, con las que se puede hacer, pese a su dureza, un bistec ranchero; o, de la mano de Aleyda Rojo, una sopa de holanes que recuerda los guisos veracruzanos; óptimos para el desayuno de una jornada laboral que prefigura cierta rudeza.

El nuestro es un libro que, desde otra vertiente, quiere acercarse a los clásicos del género; entre otros, a los libros de la señora Cuquita Cárdenas; y trazar su distancia con ciertas imposturas que se han dedicado a dar dolores de estómago.

Quizá dentro de un lustro haya dos recetarios —o más—: uno de la cocina tradicional y otro de la nueva cocina sinaloense, acorde con los sabores de vanguardia.

Clarea.

Esta primera estación, privilegio de los iniciados en el arte de agradar, la recorrí de cabo a rabo. Hacerlo fue inspirador. Una cátedra para mi lóbulo olfativo.

Salgo con la materia prima de nuestra ración de dicha en mis manos (chuletas de mero que haré a las hierbas finas). Mientras bajo los escalones del mercado pienso en el lugar que nací, Mazatlán, y en el lugar que vivo, Culiacán. Es notoria la preferencia de los culichis por las carnes. Me cuenta mi amigo del puesto de pescados que hay personas que solo vienen de compras en Cuaresma, lo que hace que él se ausente del mostrador: no le gusta tratar con recién llegados. No obstante, cuando de comer pescados y mariscos se trata, son exigentes hasta el punto de clavar la uña en las escamas para comprobar la frescura del producto. Los mazatlecos, por su parte, comen criaturas marinas a toda hora, sin importar que antes hayan sido congeladas en la bodega de un barco camaronero. (Los he visto engullir por antojo camarón congelado en el muelle, sin ningún condimento y con todo y cáscara, como si fueran ejemplares de fauna fósil antediluviana, mientras hablan de las toneladas de especies que sustrajeron a la mar.) Otra preferencia que los separa —una más en el concierto de sus proverbiales disonancias— es la temperatura al momento de beber los caldos: los primeros lo toman helado y los segundos, claro, lo cucharean caliente. Unos pican hielo, otros avivan el fogón; ora aquellos se hermanan con los hiperbóreos, ora estos proveen de carbón a Hefesto. Yo los disfruto por igual: nada más grato en un mediodía reverberante que un caldo de camarón frío, y qué alimento más apropiado para los desvelados que un baño sauna dentro de sí que aleje los humores ingratos.

Estas no tan sutiles particularidades son las que robustecen una tradición culinaria, las que le dan variedad a la carta de los restaurantes (los dueños de ciertas cadenas han enviado a sus hijos a estudiar gastronomía en Europa), las que lo hacen dudar a uno al momento de elegir. En algunas de nuestras ciudades hay menús que bien podrían figurar en los restaurantes de cualquier ciudad emblemática del planeta, menús que son constantemente cambiados; y hay lugares donde uno corre el riesgo de no encontrar lo que de manera tan grata comió el mes pasado.

En los años setenta se dijo que Sinaloa era el proveedor de la patria. La sentencia, firmada por los agricultores que engancharon su maquinaria al carro de Demeter, es cierta en más de un sentido: porque cuando se viene aquí, el anfitrión la complementa de manera esplendida, y agrega, compartido: toma mi pan.

A la memoria de mi padre, Juan Navarro Salas, que durante medio siglo se despertó a las cinco de la mañana para ir a comprar mariscos al mercado; a la memoria de mi madre, Candelaria González Osuna, que los cocinaba; para mis hermanos (Baltasar, Martha, José Ángel, María del Refugio), que los transportaban de ida y vuelta; para mis hijos (Marina, Ulises, Diego), que se sentaron a su mesa y condujeron su carromato

Martín, o de la Dignidad

23 Oct

A Vicente, con un abrazo

martinTengo en la memoria muchas imágenes entrañables de Martín Amaral. La primera se remite a mi infancia, cuando fuimos compañeros en una combi escolar que desarrollaba un periplo abigarrado por callejas agrestes, barrios polvorientos y avenidas de un Culiacán que sucumbía entre el ideal de sus administradores, y la violencia concentrada en el mito de Tierra Blanca como coto inexpugnable. El vehículo navegaba con prestancia mientras en su seno entonábamos canciones de moda, conversábamos sobre los programas de TV, tejíamos la imaginería de una niñez que estaba a punto de sucumbir frente a los enigmas de una adolescencia inminente. Fuimos nosotros quienes bautizamos a Martín como el Abasolo.  Por su afán de iniciar largas reflexiones ante cualquier tema, y luego de observar que no tenía opositores de su talla oratoria, Martín se iba acompañado de una cándida digresión en solitario por los pasillos.  Alguien dijo de pronto: ve, el niño que habla solo. Y fue otro el que derivó al nombre del conocido independista. Acaso fuera a esta edad (10 u 11 años) cuando Martín ya había descubierto esa forma aprehensible de reconocer al otro, en las palabras que gestionan el diálogo.  Al año siguiente ya no lo vi. Yo entraba en la secundaria y él se quedaba en esa primaria donde tal vez el sobrenombre de Abasolo ya no tendría ese peso que adquirió el año que compartimos la combi y parte de la tarde.

La siguiente imagen de Martín data de nuestra adolescencia. Adiestrado por un valemadrismo que sonorizaba con música de Pink Floyd o Queen, pertenecía a un grupo de mimos que comenzaba a reconocer en el escenario una suerte de aparato liberador. No entrábamos a clases y nos instalábamos en las gradas de las canchas de básquet de la prepa Central o en los inmensos maceteros bajo el techo del segundo piso. Ahí, sentados de ocho a doce, diseñábamos la estética de una apostura grácil que tenía mucho de superficial y burgués, acaso sin pretenderlo. Fue en esos maceteros donde me reencontré con Martín. Llegaba con el desaliño insuflado de los revolucionarios de manual, nos saludaba con el gesto de un camarada en ciernes y comenzaba una arenga en pos de un estudiantado entre somnoliento y curioso. Martín iba de un tono razonado en las sesiones de consejo, a un grito que se volvía impetuoso cuando veía a pocos estudiantes a su alrededor. Quería una turba al filo de las armas. Nunca me atreví a recordarle aquel apodo que fue deleite intelectual de una niñez que estaba a punto de abandonarnos. Al poco tiempo lo volví a encontrar en la Escuela de Letras. En ese caserón de la Ángel Flores fuimos compañeros, y sólo ahí se inició el arte de una conversación y una amistad que -con sus paréntesis, pausas soterradas o diferencias reconciliables- logró durar muchos años.

Ahí me inició en el culto de Borges, y confirmamos a García Márquez como el benefactor principal de nuestra iglesia de la lengua hispana, acuñando citas o trazando imaginarios Macondos que se derribaban caída la noche. Fue Martín mi Virgilio de los cafés, escenarios de una bohemia atenuada por el provincianismo de un entorno mendaz y apocado. Conocí a sus amigos de entonces. Escuchábamos a Serrat, a la trova cubana, y leíamos a Sabines y a Paz con avidez y sin ponerlos en el pueril cuadrilátero en el que los pone muchas veces la crítica. ¿Cuántas veces no hablamos recorriendo las metáforas de Borges y Callois, buscando la participación de nuestro querido Jesús Manuel, vampiro inamovible de la Francisco Villa? ¿Cuántas veces no buscamos benefactores de nuestras correrías nocturnas, entre el café, el mercadito Izabal o la casa de algún amigo dispuesto a intrincar aún más el trámite de esas noches de feliz irresponsabilidad doméstica?

En una ocasión fuimos juntos a pedir un espacio como colaboradores del Diario de Sinaloa. Acaso ahí comenzó a ampliar una visión crítica en torno a la cultura, a razonar sobre las instituciones y su devenir, a diseccionar el entorno. Se convirtió en funcionario y siempre trabajó por encima del coto programático, procurando ampliar la agenda institucional. Era de los pocos promotores reales de la cultura. Es decir, de los pocos que guardaban y alimentaban un fervor particular hacia el arte y sus diferentes manifestaciones. Estudiaba, leía y procuraba entender los mecanismos de la promoción cultural en medio de una realidad social tan contradictoria como la sinaloense. En una ocasión trabajamos juntos en el proyecto de Cronopia, involucrando a mucha gente que aportó ideas y talento por partes iguales. Organizamos un foro que fue un éxito.

Hace algunos años, cuando supe de su enfermedad, no hice sino lamentar que la salud, tan caprichosa, tan burlona, comenzaba a abandonar a una persona con la vitalidad de Martín, aquel muchacho con el que jugué una carreras hace tantos años en la playa. Aquel guardián entre el centeno que afilaba su memoria con poemas de Borges, Paz o Sabines, y con párrafos enteros de García Márquez. En alguna ocasión lo vi en el entonces Difocur y platicamos de su hija, Maria José, y de las lecturas que estaba haciendo después de la fiebre de Harry Potter. Le recomendé Wicked, la extraordinaria fábula de brujas y brujos de Gregory Maguire, y Coraline, de Neil Gaiman. Él me recomendó a Sandor Marai. Gocé mucho esas conversaciones pues hacía mucho no tomábamos a la literatura como tema central de nuestros encuentros. Estuve con él en una mesa donde hablamos de Literatura y discapacidad. Él hizo un brillante periplo por aquellos genios que, con capacidades distintas, lograron construir una obra que había logrado rebasar el tiempo. Yo les hablé de Juan García Ponce, aunque en el fondo me refería al mismo Martín, a la posibilidad de mantener la luz de su diálogo –inteligente, lúcido y libre- con la realidad social y cultural del estado.

Hoy que no está lamento no haber armado con él la conversación de una vecindad común, de esas cosas que transcurren en los entretelones de la cotidianidad. La cocina, el patio, los hijos y sus necesidades, por ejemplo. Todavía escucho su risa grave, como ensayada, muy opuesta a la franca y ahogada risa de su hermano Vicente.

La muerte de Martín me dolió mucho. Siempre creo que, salvo por asuntos donde las fronteras del respeto se rompen o se disuelven gracias a la abulia, los amigos nunca dejan de serlo. Es una piedra que se pulió hace muchos años y brilla en la profundidad de la memoria. Se duerme de pronto pero vuelve a adquirir su antigua luz. Tuve la fortuna de ver a Martín o, mejor dicho, de verlo continuamente pues teníamos intereses comunes. Él había dejado de ser el Abasolo y yo había dejado de ser el Pequebú (apodo que me había puesto cuando éramos muy jóvenes, personaje de un cuento de Benedetti).

Muchos días lo vi subiendo con su silla la rampa del Instituto Sinaloense de Cultura, siempre marcado con una sonrisa inalterable y sincera. Ignoro si vendrán los homenajes o los reconocimientos póstumos a una persona que supo vivir en contra de la estupidez humana y a favor de la libertad. En lo personal, no creo que mi homenaje consista en leer a nuestros clásicos entrañables, aquellos autores que Martín se aprendió de memoria; tampoco el reaprendizaje de Serrat y su sonora sencillez. El mejor homenaje que le puedo rendir a Martín es imponerle a cada paso, a cada aliento, a cada pensamiento, esa cuota de dignidad, de intensidad intelectual y de pundonor que él le impuso a esos años que vivió con su enfermedad. Era ese mismo pundonor que le imponía a sus arengas estudiantiles, a sus citas, a su tempestuoso carácter. Vivir la vida no es cruzar un campo, dijo Pasternak. Quiero imaginar a Martín corriendo en ese campo de centeno, como el guardián de una juventud que nunca nos abandonó.

Óscar Liera

22 Oct

A Sergio López

A Inga

Oscar_LieraConocí a Óscar Liera hacia principio de los años 80’s. En ese tiempo quería ser actor teatral y pensaba -no sin candor- que la pantomima podría ser un escenario transitorio hacia el drama. El dramaturgo culichi había sido invitado para presidir una mesa de crítica, después de cada función, durante una de esas Muestras de Teatro que organizaba la UAS. Todo era en el escenario del vetusto teatro del IMSS, ahora llamado Óscar Liera con justicia. Oscar se movía como un animador de programa de concurso, al tiempo que le daba paso a una siniestra desconstrucción del montaje de marras, con la encantadora vileza del asesino que termina por caernos bien en las tramas de novela negra. Sus razonamientos eran contundentes, y sobre él se tendía un aura de sacralización rudimentaria, incapaz de cualquier disenso. La verdad es que eran estimables sus observaciones, no exentas de humor. Ahí aprendí que todo escenario era sagrado. Desde ese lienzo donde hombres y mujeres trazan los mecanismos de un drama íntimo asequible, hasta ese lenguaje que apela a distintas formas de la emoción humana a través de la escritura.

Volví a ver a Óscar durante una gira que realizó nuestro grupo de mimos a la ciudad de Los Mochis. En aquel entonces él tenía un taller teatral en la ciudad norteña. Después de nuestra función, un grupo de amigos y yo lo seguimos en esa tutela nocturna para buscar los signos de un reconocimiento común entre Topolobampo y un saloncito sibilino del Hotel México, donde se tocaba un jazz trastabillante, sordo pero intenso. Óscar se portó muy generoso en su papel de un Virgilio medio funambulesco.  Nos despedimos con la promesa de verlo en Culiacán.

Un par de años después entré al montaje de Las Fabulas Perversas, de Liera, dirigida por la maestra Soledad Ruiz. Las Fabulas Perversas era la lectura de Óscar al mito de Fray Servando Teresa de Mier, pero también a la fabulación de una iglesia católica recién instaurada como institucionalidad en el país, y a la posterior concreción de un guadalupanismo que impuso –estratégicamente- sumisión en las clases controladas desde el centro. Una de sus obras mayores, si tomamos en cuenta las distintas búsquedas que planteaba una dramaturgia, casi siempre fiel a sus propósitos. Junto a Camino Rojo a Sabaiba, El Jinete de la Divina Providencia, El Oro de la Revolución o Los Caminos Solos, Las Fabulas… explota la calidad y la condición de nuestros mitos, la soledad de nuestros próceres y la vocación de superviviente de una provincia proclive al desarraigo histórico, pero también a las gestas. Polémico, de una indiscutible vocación humanista, dueño de un discurso concreto donde el teatro y la mexicanidad eran los motores de su formación, Liera procuró mantener inviolable ese argumento dentro de su vida y su obra. Con el Tatuas consolidó el reconocimiento de una propuesta teatral amparada en la disciplina, la búsqueda de espacio y de público, pero también la explosión de una dramaturgia regional con alcances humanos universales. Lo único malo es que esta dramaturgia no se ha extendido a los niveles de una creación más concreta y diversa. Liera, en el plano de la escritura teatral, no dejó herederos.

Como el extraordinario director y líder que fue, sí. El Tatuas queda como un grupo que ha sabido conservar los remanentes de un espíritu abocado a esa religiosidad de la escena, pero también ha copado espacios sustanciales en la promoción de su catálogo. Desconozco los pormenores de esa negativa de los herederos de Liera a que el Tatuas monte las obras del genial culichi. Aun así el grupo ha encontrado métodos de esplendor.

¿Qué porque no seguí? Después de mi participación en una Muestra Nacional de Teatro con Las Fabulas Perversas, Liera decidió enmendar el montaje de Soledad Ruiz, sobre todo en aspectos de fluidez y ritmo. El primer día nos citó en el Teatro del IMSS a las cuatro de la tarde. Llegué a las cuatro con cinco minutos y me corrió. Afuera pensé que si haría teatro lo haría a la hora y el día que yo quisiera y no volví. Prefiero los escenarios más herejes de la página, la impuntualidad de la musa, los caprichosos devaneos de palabras como estas.

Borges, el poeta

22 Oct

Jorge_Luis_Borges_HotelEn alguna parte leí, hace mucho tiempo, que Jorge Luis Borges, antes que el prodigioso fabulista que era o el ensayista puntual que lograba desconstruir en tres páginas sus obsesiones literarias, se consideraba un poeta. Un practicante de ese ejercicio que él mismo calificaba de magia menor. Nunca coincidí. Para mí, como lector de la obra borgeana, siempre medí por igual sus cualidades como narrador, como poeta y ensayista. En una dimensión física, incluso, me atrevería a apostar por tres volúmenes del mismo peso, llevando sobre sí los frutos de una irrevocable vocación imaginativa.

Sin embargo, sí es justo señalar que en la poesía de Borges es más amplio el rango de preocupaciones y obsesiones temáticas que el de sus otros dominios. Y son más numerosos, además, los registros que explora. ¿Cuáles eran los temas de la poesía borgeana? ¿Cuáles eran esos signos que puntueaban una cartografía verbal compleja, ceñida a un clacisismo libresco y a una lucidez acequible? Si nos apegamos a sus primeros libros, encontraremos los rasgos de la geografía; la posibilidad de ascenso de una escritura que explora los espacios físicos, sí, pero que se detiene en el impacto que dichos espacios causan en la mirada del poeta. Al mismo tiempo acudimos a la fundación de una caudalosa referencialidad vinculada particularmente a su indiscutible formación lectora.

El nuevo testamento, el libro, los sueños, el laberinto, la rosa, la lengua española, Emerson, el paisaje inglés, las mil y una noches, son apenas las creaturas de una geografía interior vastísima. La poesía de Borges lograba dimensiones clásicas: desconfiaba de la imagen por la imagen -promovida por algunas vanguardias- y se apoyaba en un fraseo narrativo elegante y en su adaptación a una métrica tradicional. No eludió el brillo de oriente ni su minimalismo, ni la milonga o el tango proclive a desentrañar dramas domésticos de malevaje. El soneto inglés, creo, fue su mejor carta de presentación.

Sus influencias abarcaron sus obsesiones. Supo darles a aquellas una cualidad y un gesto personal que volvían el producto de una manufactura única. La literatura inglesa, la mitología germánica. Leopoldo Lugones, y los primeros descréditos de ese modernismo de relumbrón que se abocaba primordialmente al brillo sonoro de Darío y sus adeptos. Stevenson, Kipling, Victor Hugo, Alfonso Reyes, Paul Groussac, Rafael Cansinos Assens, son algunos de los árboles que pueblan el bosque poético borgeano.

A Borges lo comencé a leer hacia principios de los años 80s. En ese tiempo leía en los cafés con la curiosidad atormentada de quien busca, en esos espacios domésticos, las condiciones del mito. Su Antología Personal, editada por Siglo XXI, me siguió durante muchos años. No le entendí al principio a sus cuentos ni a su poesía. Sí a sus ensayos, que comenzaron a despejar la malesa de la comprensión y me acercaron al poeta y al cuentista. Uno del otro es impensable. Uno se alimenta del otro. Hoy en día recurro a su Poesía completa periodicamente, como un acto de recoinciliación hacia un autor indispensable, no sólo para entender la dimensión de una lengua, sino para entenderno a nosotros mismos.

Alguna vez, sobre la poesía de Borges señaló Roberto Bolaños: en la naturaleza de la poesía borgeana hay inteligencia y también valentía y desesperanza, es decir lo único que incita a la reflexión y que mantiene viva una poesía