Listas, listas…

4 Nov

pachecoHace algunos años, la revista Letras Libres lanzó una encuesta encaminada a posicionar a los diez mejores poetas mexicanos vivos, según el criterio de sus lectores. ¿Con qué objetivo? “Despabilar y sondear”, catalogar y distender la horma de los egos; frivolizar una noción cuya jerarquía en el ideario de nuestra cultura acaso sea altísima e intocable. Trazar el perfil de los lectores de poesía mexicana, para arrojar luz sobre un escenario de convivencia verbal donde se reconocen discursos, alocuciones, preocupaciones temáticas, búsquedas lexicales, tonos, vínculos a la tradición o absoluto despegue hacia nuevas formas expresivas. Sin embargo, en pleno siglo XXI y ante el encono de nuevas formas de comunicar, la encuesta de marras no arrojó muchas sorpresas.

La apuesta por José Emilio Pacheco en el primer lugar de la lista, un poeta en cuyo discurso se observa, sí, un apego a la tradición, pero también una disposición plena hacia temas concretos de una modernidad avasallante, no es del todo gratuita. Se trata de un autor que repasa la incertidumbre humana con un catastrofismo iluminador. El pesimismo como un escenario donde las preguntas del poeta encuentran validez y vitalidad. ¿No es acaso una visión como la de Pacheco la que más nos aproxima al México de esta segunda década del siglo XXI?

El segundo lugar de la encuesta fue para Eduardo Lizalde, un poeta no del todo ajeno a la formación clásica y a las preocupaciones temáticas de Pacheco. Proclive a la picaresca, el erotismo y la sátira como forma de autoflagelo y la crítica de la modernidad en permanente estado de sitio, Lizalde, sin embargo, no tiene esa visión pesimista, ese enconado rigor sobre los derrumbes de la patria, ese pulso crítico para ver en cada caída de los escenarios comunes del pueblo, una caída también del espíritu. Se trata de dos poetas cuya poesía más vigorosa se escribió hace más de 40 año, pero con un trabajo posterior imposible de desdeñar por su visión serena, madura e inteligente del trabajo literario. Son poetas mexicanos en toda la acepción de la palabra, pero también autores que se hacen comprensibles más allá de la frontera por la dimensión humana de sus preocupaciones.

El resto de la lista de Letras Libres la completarían Alí Chumacero, Gabriel Zaíd, Rubén Bonifaz Nuño, David Huerta, Ramón Xirau, Francisco Hernández, Homero Aridjis y Coral Bracho. (Me sorprendió ver a Ramón Xirau y Homero Aridjis, dos poetas singulares y de momentos muy intensos en su poesía, pero que uno sospechaba marginados de este territorio por el hecho de que ambos privilegian otras actividades, la novela histórica en el caso de Aridjis, a la par de su activismo ecológico, y el trabajo académico al mismo tiempo que el ensayo filosófico en el caso del catalán. Igualmente me sorprendió no ver a poetas como José Luis Rivas, Tomás Segovia, Elsa Cross o Guillermo Fernández).

Este ejercicio, sin embargo, no era nuevo. Algunos años antes, Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela, ambos poetas, echaron a andar un proyecto fundacional: El manantial latente, Muestra de poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002.

Dispareja, desacomplejada, polémica como toda muestra por su vocación selectiva, El Manantial latente cierra con una encuesta muy similar a la de Letras Libres. En uno de los apéndices finales del libro, los poetas antologados diseñan un tablero de sus gustos literarios, dibujando con ello el plano de una percepción generacional sobre la poesía, el cuento y la novela. La lista de poetas mexicanos (o residentes en México) vivos, muestra coincidencias notables con la de Letras Libres. Sólo que en El manantial…  dicha nómina se amplía hasta 16 autores, resaltando la mención de Juan Gelman, extraordinario poeta nacido en Argentina que, a raíz del golpe de estado de 1976, decide adoptar nuestro país como su nueva residencia, así como la incorporación de Jorge Esquinca, Gerardo Deniz o Eduardo Milán, tres nombres que, de manera indiscutible, han logrado trazar alrededor de su personalidad un campo de influencia bastante amplio y notable en los poetas actuales.

Señalaba lo de las listas para acotar una idea que no representa un mayor hallazgo: No hay nada nuevo bajo el sol.

Hablaba de El Manantial Latente como un proyecto fundacional, pues en él confluían, por primera vez, un cúmulo de autores nacidos a partir de 1965. Vilipendiado por los excluidos, exaltado por quienes vieron en dicha publicación el primer trazo de una ostensible polifonía lírica, libro que iba a caballo entre los razonamientos críticos de sus coordinadores, y el desglose natural de una generación que se apoyaba en la difusión de instituciones como Conaculta, el Estado o la independencia editorial, El manantial… fue un primer paso que, con el tiempo, continuarían Árbol de variada luz, Antología de poesía mexicana actual, 1992-2002; Eco de voces, Generación poética de los sesenta, de Juan Carlos H. Vera; y La luz que va dando nombre, 1965-1985. Veinte años de la poesía última de México, de Alí Calderón, José Antonio Escobar, Jorge Mendoza y Álvaro Solís.

Toda antología, uno supone, es la revisión de un fundamento, para llevar a la práctica sus mecanismos críticos. Quien antologa siempre será sospechoso de encubrir nociones, de almacenar manes que surgen a la luz de un estudio preliminar nunca satisfactorio, de romper de tajo los sutiles paradigmas de la tradición, de enarbolar la bandera de un gusto que contrasta con el concepto básico de orden literario u orden estético. Sin embargo, también es justo señalar que en cada una de estas antologías se ha recabado información suficiente para trazar el perfil de una generación caracterizada por su raigambre, por su vocación traductora, por su visión de encontrar en los distintos medios de comunicación no sólo el núcleo de sus búsquedas temáticas o conceptuales, sino también expresivas; y también, -¿por qué no?-por sus afanes de aplicar la erudición académica a un discurso que en lo clásico busca los remanentes de la novedad. Muchos poetas de hoy, para mal o para bien, tienden al desmarque; al rediseño de su ideario, al rebuscamiento de nuevas nociones que le otorguen el aura de una originalidad absurda a su poesía. Muchos fenecen en esta búsqueda y acaban por sepultar sus versos en la complacencia de un entorno mediático donde lo que importa es el poeta de moda y su arraigo en la tribu.

Hay de todo hoy en día en la lírica patria pero, por desgracia, no para todos. La poesía que se escribe hoy en día en México tiene un muy precario marco crítico. La poesía vive del elogio permanente, de la apropiación de códigos que se gestan en los conventículos, en las fundaciones literarias o en las redes sociales, de la manutención de los aireados monumentos de una lírica diversa, sí, pero también constreñida, opacada por la necesidad de narrar el entorno o la crisis, acotada por la monstruosidad de un mercado que le otorga una mesita arrinconada entre los libros en lengua extranjera y los textos de computación. Son muchísimos, eso sí, los libros de narrativa que establecen sus amplios dominios en el catálogo.

¿Por qué narrar, de pronto, se ha transformado en una necesidad imperiosa no sólo de nuestra cultura, sino de las leyes que rigen el negocio de los libros? ¿Será la necesidad de un prestigio a través de la permanente exhibición de las novedades? ¿Será la imperiosa vocación por trasladar los símbolos de una realidad inadmisible a los felices escenarios de una ficción novelada?

Hoy en día narrar se ha convertido en una moda. Todos tenemos algo que decir; todos portamos dentro de nosotros la llama de una voluntad por contar algo. Los talleres de cuento o novela son vastísimas congregaciones que aspiran a seguir construyendo el templo de la literatura nacional.

El volumen de libros de narrativa mexicana, sin embargo, tampoco es signo de un esplendor literario y acaso la voluntad de narrar sea el síntoma de una enfermedad que incluye la soberbia: todos queremos contar el evangelio de nuestras posibilidades artísticas, todos queremos salvar con la palabra escrita a la realidad mexicana de su ominoso marasmo y de su proverbial bocabajeo. En el presente es difícil encontrar poemas “basados en la vida real”, aunque, todos sabemos, no hay nada más realmente humano que la poesía pues viene de un desgarramiento interior y de la necesidad de sanar fracturas más profundas.

Pero no todo está perdido. El trabajo paciente de algunos promotores de la poesía mexicana es notable: Hernán Bravo Varela, José Ángel Leyva, Luis Armenta Malpica, José Landa, Francisco Magaña, Antonio Marquet, Rodrigo Flores, Mercedes Luna Fuentes, Ulber Sánchez, María Rivera, Alí Calderón o Mario Bojórquez, entre otros, aparte de ser creadores, se han dado a la tarea ingrata de promover cada uno el trabajo poético que se gesta en su región o en el país.

Empecé con una lista y voy a concluir con otra. Los poetas jóvenes de nuestro país han atendido el eco de la tradición, pero también han confrontado los beneficios de la tecnología. Han adoptado muchos temas para distender un diálogo que sirve como contrapunto de la realidad. Son poetas de riesgo asumido, muchos de ellos. Por eso creo que la mejor poesía que se escribirá en México la harán en el futuro, entre otros: Eduardo de Gortari, Moises Vega, José Luis Bobadilla, Hugo García Manrique, René Higuera, Francisco Meza, Balam Rodrigo, Paco Alcaraz, Alvaro Solís, Mijail Lamas, Karen Villeda, Jorge Ortega, Leonardo Varela, Paula Abramo, Alejandro Tarrab. Algunos de ellos, creo, ya la están escribiendo.

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One Response to “Listas, listas…”

  1. andrés montoya November 4, 2013 at 7:29 pm #

    Has hecho una buena puntualización, Jesús, y creo que no te equivocas en tus apreciaciones y predicciones. Los autores citados al final de tu nota ya han dado muestras de talento y disciplina en su trabajo como creadores y es de esperarse que esto se sostenga cada vez con mayores aciertos en los próximos años en la medida en que estos jóvenes vayan consolidando y madurando su oficio.

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