Archive | November, 2013

Apuntes de un francotirador/Conversación con Emmanuel Carballo

4 Nov

Por Óscar Paúl Castro

carballoGracias a mi amigo el poeta Francisco Alcaraz (editor de la revista TextoS, la cual había invitado a Emmanuel Carballo a presentar su nuevo libro, Diario Público 1966-1968 y el más reciente número de la revista) había logrado concertar un encuentro para entrevistar al escritor mexicano.

Carballo es un crítico inteligente, directo hasta la médula, su prosa está cargada de una lucidez sin concesiones, y ha entrevistado prácticamente a todos los personajes consagrados de la escena literaria mexicana del siglo XX.

Al llegar, en el lobby del hotel donde se hospedaba Carballo, ya me esperaba Francisco para decirme que la entrevista se iba a retrasar un poco porque una reportera de un periódico local se encontraba en plática cerrada con el escritor desde hacía más de una hora.

Desde donde yo estaba sentado podía percibir un ángulo limitado de la fisonomía de Carballo: estaba casi de espaldas  a mí, su perfil se hacía visible de manera intermitente, gesticulaba con energía; la reportera mantenía una sonrisa divertida en el rostro, y de vez en cuando soltaba una carcajada que rápidamente contenía.

 La espera no fue muy larga, Francisco Alcaraz nos presentó y Carballo comentó que si no nos importaba llevar la charla al restaurante, ya que tenía ganas de tomarse un café.

Camino del restaurante comenzamos a conversar sobre su nuevo libro (Diario público 1966-1968) y yo le pregunté (dado los años que abarcaba el libro y la fecha en la que nos encontrábamos: primeros días de octubre) si trataba algo acerca de los acontecimientos del 2 de octubre:

 Óscar Paúl Castro: ¿Cree usted que algún día llegue a saberse realmente qué fue lo que pasó aquel día?

 Emmanuel Carballo: Yo estuve escribiendo una columna durante dos años, pero ya estaba un poco cansado; después del ‘68 estábamos choqueados y ya no publiqué las entregas del ’69.

Yo publicaba los textos en Excelsior, muy corregidos, pero en el 68, la fecha que corresponde al 2 de octubre, publiqué otra cosa porque estaba muy impactado, es la primera vez que escribo sobre el 2 de octubre lo que sale en el Diario público. Lo escribí ya para entrar a prensas el libro.

No se sabe. Cuando escribí eso, hace poco tiempo, sabía tan poco como cuando ocurrieron los hechos. Saben los que realmente estuvieron dentro, los líderes estudiantiles. Y ni los líderes estudiantiles han explicado su verdad.

Esta cosa de meterte, meterte a un lugar cerrado, en el que te pueden balacear de todos lados y no tienes por donde escapar. Si yo soy tu líder no te llevo ahí, te llevo a un lugar abierto para que puedas correr por todas partes. Yo digo que esa es una cosa muy digna de ser tomada en cuenta a favor. . . en contra de los líderes del ‘68. Ellos querían muertos: unos y otros. Pero más los estudiantes, querían muertos para poder criticar al gobierno: Tengo mis muertos y desaparecidos.

Entonces los pobres soldados les daban en una nalga o en el corazón. Carne de cañón. A mí me salvó un soldado. Cuando logré salir de la plancha y logramos llegar a los edificios –iba con mi mujer de ese tiempo, quien es la actual directora de Era- nos detuvimos un momento, llegó un soldado, nos dijo: ¡Por ahí, por ahí!. Pensamos: Ya nos mataron, nos van a llevar al Campo Militar No. 1 y ahí quién sabe que vaya a pasar. Y no. Salimos a Manuel González, una de las calles, y estábamos libres.

Vi unas escenas muy fuertes: muchachas pegándole a los tanques ¡Tengan sus Olimpiadas! ¡Tengan sus Olimpiadas!, les gritaban a los tanquistas. Le pegaban al tanque –quitándose los zapatos- con el tacón. Empezamos a caminar, y cuando nos dimos cuenta estábamos en el Monumento a la Raza.

Francisco Alcaraz: ¿Cuál fue la reacción de los escritores de ese tiempo: se escribió sobre el tema en su momento o hubo un período largo de silencio?

EC: El ‘68 tuvo una prensa excelente y unánime desde un principio: el libro de la Poniatowska –que no estuvo en Tlatelolco- recogió testimonios; antologías de novela, de poesía; periodismo sobre el ‘68. Yo no quise figurar en todo eso. Hasta ahora, casi 40 años después, escribí algo sobre el ‘68: una crónica muy modesta, muy escueta digamos, no tienen pathos mis ideas. No eres héroe: simplemente te tocó estar ahí. Y después de la crónica, viene una nota de 30 años después, donde hablo de esto que les estoy diciendo de los líderes.

Me volví un francotirador a partir de entonces, en política y en literatura: dejé de creer en los dirigentes de los movimientos políticos.

Ya instalados, Carballo ordena un café y un agua mineral, reordena la mesa recién abandonada por otros clientes unos instantes atrás, le pide a la mesera que deje el periódico que habían abandonado los otros comensales. Antes de hojearlo, bosqueja una sonrisa al observar la primera plana del periódico con un artículo sobre López Obrador.

 ÓPC: ¿Cree usted que hubo fraude?

EC: Él quiere la presidencia y no le importa llegar por lo legal o lo ilegal. Él quería llegar y le hubiera gustado más por los votos. Sin embargo, vienen observadores de la talla del equipo del presidente norteamericano Jimmy Carter, vienen gentes de Europa, España, Inglaterra, Francia, Italia, Sudamérica. No hay elección perfecta, pero no creo que haya sido fraude. Él se confió: tenía absolutamente ganada la elección, pero jugó como está jugando Lula (da Silva) que pensaba que iba a ganar de calle la presidencia y apenas ganó por un 7%, insuficiente para ser presidente en la primera vuelta y tiene que haber una segunda vuelta para que sea presidente.

Obrador no va a la primera reunión de los candidatos, le parecía absurdo: Yo ya tengo la elección ganada, qué voy a hacer con estos pobres pendejos. Desdeña a la prensa, se contradice terriblemente, se pone a hablar de historia. Antes de llegar, en el avión, leía el número de Letras Libres –yo la leo un poco a disgusto: pero hay que leer a tus enemigos para saber qué piensan y cómo contestarles. No es una revista que lea todos los meses; a veces trae artículos interesantes. Y sí, ves que López Obrador tuvo muchos errores, muchos errores. Y todos de soberbia: le faltó cultura. Pasar de Fox a López Obrador: son dos ignorantes de primera. ç

Fox tenía la ventaja que tenía una voz hermosa y era un gran locutor, más que un buen presidente. En cambio, la voz chillona, chicluda, fea de López Obrador. Perón no era un cúmulo de virtudes, sin embargo dejó su impronta en los años 40 y todavía los gobernantes argentinos dicen ser peronistas. Era inculto, pero tenía una mujer con mucho carisma. López Obrador no tiene mujer, por lo menos oficialmente.

ÓPC: Sin embargo, las emociones que llega a despertar son impresionantes.

EC: Y peligrosas. Una gente carismática es peligrosísima, las masas las huelen, están despidiendo como los zorrillos ciertos olores, y la gente sigue esos olores. Es más por la cosa animal que por la cosa intelectual por lo que siguen a Obrador: esos son los líderes, los verdaderos líderes carismáticos. Y López Obrador es muy carismático.

Me contaba Julieta Campos, la esposa de Gonzáles Pedrero –que fue gobernador de Tabasco-, que su marido (él es el culpable de que exista López Obrador, después Cárdenas fue el que le dio más chance) empezando el gobierno lo nombró director de prensa, en la mañana. Y en la noche, le dice López Obrador: Oye Enrique, yo nací para destruir instituciones, no para crearlas, yo no sirvo para eso que tú me encomendaste: o sea que dame por cesado, y si tienes algún puesto que se avenga con mi manera de ser me lo das, y si no, seguimos siendo tan amigos como siempre, y ahora Gonzáles Pedrero es una de las gentes que lo aconseja políticamente.

Es muy difícil, es una gente incontrolable, puede ser un Santana, puede ser un Hugo Chávez, puede ser una persona muy peligrosa.

ÓPC: El gobierno, la prensa, la radio, la televisión sobre todo, quieren hacerle creer al país que todo se ha decidido, sin embargo prosigue la tensión, se siente en el aire.

EC: Se ha decidido todo pero no se ha decidido nada, todo puede suceder mañana. Ahorita estamos en calma los tres, puede ser que estemos en bandos opuestos dentro de 15 días, y lo que hoy es avenencia sea desavenencia entonces. La política es cabrona: junta, separa a lo seres humanos.

ÓPC: Hubo algo en lo que coincidieron las propuestas de los candidatos más fuertes para la presidencia: hubo una total ausencia de propuesta cultural.

EC: No había. La cultura no le interesa a nadie, y eso es algo que a la gente como nosotros no nos favorece, necesitamos saber qué piensan los gobernantes sobre la cultura: un país que no es culto no puede avanzar tecnológica y políticamente. Dime qué cultura tienes y te diré quién eres: si eres un país inculto, tercer mundo; si empiezas a tener cultura, segundo mundo; y si eres culto, primer mundo.

La cultura da tecnología, la tecnología da dinero, y las cosas cambian. Nosotros estamos… obreros para la maquila.

Intento encaminar la charla fuera del terreno minado de la política hacia el tema que nos interesa fundamentalmente a los tres que compartimos la mesa: comento, un poco a manera de incitación, que el título de uno de sus libros más famosos me parecía demasiado osado: Los protagonistas de la literatura mexicana. Crea una alta expectativa en el lector, y se atreve a hablar de creadores que estaban apenas construyendo su obra en ese momento.

ÓPC: Nadie lo dice abiertamente, pero es evidente que la literatura mexicana está pasando por momento difícil: hay pocas obras importantes, pocas figuras del peso de autores como los que aparecen en su libro Los protagonistas, por ejemplo.

EC: Yo lo digo, lo decía hace tiempo: la literatura mexicana anda en un mal momento. Hablo de la cantidad excesiva de premios, de becas: los escritores pasan de una beca a otra beca y otra beca. No tratan de hacer una obra sino empezar a ver quiénes van a ser lo jurados de la siguiente. Viven de las becas: ya no trabajan sino en buscar la siguiente beca. En los premios faltan jurados honrados. Hay que ser más estrictos. Menos premios, menos becas, más exigencia a los becarios, crítica literaria severa.

Y si un muchacho joven que publica un primer libro prometedor, publica el segundo, y no es mejor que el primero, hay que decirlo, si no, lo estás jodiendo. Si tú amas a esa persona como escritor de tu país, tienes que decírselo. Ahora, si no lo quieres, déjalo que se hunda solo. Y parece que queremos que se hundan solos. Gente que en el segundo, en el tercero, en el cuarto libro, siguen repitiendo los hallazgos del primero. Y los hallazgos son como encontrar petróleo en el lago de Chapultepec.

ÓPC: ¿Cuál es el deber del crítico en el panorama de la literatura mexicana contemporánea?

EC: El crítico ha pasado a publicista de las editoriales, de los medios masivos de comunicación. El crítico, ante hechos consumados –no puede cambiar los hechos: los hechos son intransformables- debe estudiarlos en verdad y decir: me gustaría, me hubiera gustado, que se tratara este y este tema; estos personajes no acabaron de abocetarse: se quedaron más piedra que escultura. Decir las cosas que le puedan ayudar al autor y le puedan ayudar a los lectores. Los lectores no leen a los críticos porque la crítica no es honrada. Está en manos de gente inepta, y lo mismo en literatura como en toros, en beisbol, en futbol, en política, en todo. No hay crítica.

Leo El País todos los días, me tardo hora y media en leerlo, dejando muchos artículos que no me interesan. En cambio El Universal lo leo en 15 minutos. Un periodista –lo mismo que un novelista- tiene que agarrar al lector: decir las cosas, dar una noticia, pero de tal manera que te vaya metiendo lentamente hasta el final. Las escuelas de periodismo son malas, el Centro Mexicano de Escritores murió porque ya era absolutamente obsoleto. Yo fui becario –el primer becario de provincia- cuando Rockefeller auspiciaba el Centro. Me tocó estar con Rulfo, con Rosario Castellanos, con Luisa Josefina Hernández.

ÓPC: ¿Tenía ya la visión de que quería dedicarse a la crítica?

EC: Yo quería ser poeta. Publiqué algunos poemas –como muchas personas- y un libro de relatos, pero no tenían el valor suficiente para sentirme un poeta o para que me sintiera un prosista. Empecé a hacer crítica porque nadie en mis revistas quería hacer crítica, y yo encontré en la crítica –y en el ensayo- lo que andaba buscando. La crítica me llamó: ven, ven, ven. Y yo fui: y ahí me quedé.

FA: Imagino que las discusiones eran encarnizadas en el Centro.

EC: No había. Es la cosa. Había en aquel tiempo, en el Centro, escritores mexicanos y norteamericanos en igual número: cada semana leía alguien y lo comentaban. Leía un mexicano y ¿Qué piensan? ¡Magnífico, excelente! no le encuentro nada, y el siguiente igual, igual, igual. Luego pasaban los gringos y pasaban horas, viendo y estudiando y analizando, después se iban a cenar y a beber, y seguían trabajando. Nosotros, para no enojarnos, para no tener problemas, no hacíamos crítica, no hacíamos autocrítica. Le teníamos miedo. Los gringos se ayudaban de la crítica para mejorar, ejercían la crítica para perfeccionar sus textos.

FA: ¿Cree usted que el Centro Mexicano de Escritores haya sido fundamental para la creación de obras como El llano en llamas o Pedro Páramo?

 EC: Bueno, mira, los casos excepcionales se dan solos. Alí Chumacero, por ejemplo, corrigió una carta –no sé donde viene: quizá venga en Los protagonistas- cuando Alatorre le comenta a Arreola (quien vivía en París en aquel tiempo, era actor con Louis Jouvét, en La Comedie): Acabo de conocer a un muchacho, le gustan mucho los libros, los discos, tiene talento: pero escribe burro con V de vaca. Era Rulfo.

La primera vez le publican en la revista Times, Macario: y no es mal cuento. . . buen cuento. No es de los mejores, pero es un buen cuento: es un inicio de primera. Publica dos, tres cuentos. Las erratas gramaticales, eso es lo más fácil. ¡A Alfonso Reyes se le iban unas cosas! Pero le hablabas. Cuando trabajaba en el Fondo (Fondo de Cultura Económica) de pronto te encontrabas con algún error evidente, y te preguntabas:¿Sería alguna cosa que don Alfonso querría poner por X circunstancia? Y le hablabas: Oiga don Alfonso, en tal párrafo, en tal línea, dice usted esto, ¿así quiso decir usted o es un error de máquina? Por supuesto que es un error de máquina, corríjalo, y muchas gracias. La crítica es muy importante, pero bien intencionada: alguien podría decir: Yo dejo que Reyes diga una tontería para joderlo. En lugar de preguntarle si esa tontería está puesta ex-profeso o es un error.

ÓPC: ¿Cree usted que en este momento podría escribirse un libro de la índole de Los protagonistas?

EC: Hay muchos libros que han hecho eso. Pero un libro no se prepara de un día para otro. Y luego yo buscaba una cosa: Arreola hablaba como Arreola, no hablaba como yo. Y ahora, en las entrevistas el entrevistado y el entrevistador hablan el mismo idioma, piensan con la misma cabeza, son la misma persona. En mis entrevistas uno es el entrevistado y otro es el entrevistador. Por supuesto que el entrevistador debe conocer la obra del entrevistado, de su generación, y de todo lo que vino antes, dentro de la línea de trabajo literario. Yo tardaba años en hacer una entrevista, con el método este: tuve la oportunidad con Vasconcelos, que me duró poco: murió casi inmediatamente. Con Martín Luis Guzmán hay como 8 entrevistas, en las que da sus consejos antes de morir a los jóvenes narradores.

ÓPC: ¿Existen escritores del peso de Rulfo, de Juan José Arreola, en este momento de la literatura mexicana?

EC: No creo. De ninguna manera: no hay un Arreola, no hay un Rulfo, no hay un Paz, no hay un Sabines, no hay un Revueltas.

ÓPC: ¿En esta época en que la creación está tan cercana a la institución, es todavía posible la disidencia?

EC: Debe haber escritores disidentes. Mira, por ejemplo, un manual para entender cómo debe tratar el escritor a la literatura es el Diario Público: mis ideas sobre la posición del escritor frente a sí mismo, sus compañeros, frente al gobierno, frente a la religión, frente a la política, frene a la Academia de la Lengua, El Colegio Nacional, las editoriales, todo eso. Yo creo firmemente –hasta donde sea posible- que hay que estar al margen para poder ser realmente críticos.

Entrevista realizada en el 2006

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Listas, listas…

4 Nov

pachecoHace algunos años, la revista Letras Libres lanzó una encuesta encaminada a posicionar a los diez mejores poetas mexicanos vivos, según el criterio de sus lectores. ¿Con qué objetivo? “Despabilar y sondear”, catalogar y distender la horma de los egos; frivolizar una noción cuya jerarquía en el ideario de nuestra cultura acaso sea altísima e intocable. Trazar el perfil de los lectores de poesía mexicana, para arrojar luz sobre un escenario de convivencia verbal donde se reconocen discursos, alocuciones, preocupaciones temáticas, búsquedas lexicales, tonos, vínculos a la tradición o absoluto despegue hacia nuevas formas expresivas. Sin embargo, en pleno siglo XXI y ante el encono de nuevas formas de comunicar, la encuesta de marras no arrojó muchas sorpresas.

La apuesta por José Emilio Pacheco en el primer lugar de la lista, un poeta en cuyo discurso se observa, sí, un apego a la tradición, pero también una disposición plena hacia temas concretos de una modernidad avasallante, no es del todo gratuita. Se trata de un autor que repasa la incertidumbre humana con un catastrofismo iluminador. El pesimismo como un escenario donde las preguntas del poeta encuentran validez y vitalidad. ¿No es acaso una visión como la de Pacheco la que más nos aproxima al México de esta segunda década del siglo XXI?

El segundo lugar de la encuesta fue para Eduardo Lizalde, un poeta no del todo ajeno a la formación clásica y a las preocupaciones temáticas de Pacheco. Proclive a la picaresca, el erotismo y la sátira como forma de autoflagelo y la crítica de la modernidad en permanente estado de sitio, Lizalde, sin embargo, no tiene esa visión pesimista, ese enconado rigor sobre los derrumbes de la patria, ese pulso crítico para ver en cada caída de los escenarios comunes del pueblo, una caída también del espíritu. Se trata de dos poetas cuya poesía más vigorosa se escribió hace más de 40 año, pero con un trabajo posterior imposible de desdeñar por su visión serena, madura e inteligente del trabajo literario. Son poetas mexicanos en toda la acepción de la palabra, pero también autores que se hacen comprensibles más allá de la frontera por la dimensión humana de sus preocupaciones.

El resto de la lista de Letras Libres la completarían Alí Chumacero, Gabriel Zaíd, Rubén Bonifaz Nuño, David Huerta, Ramón Xirau, Francisco Hernández, Homero Aridjis y Coral Bracho. (Me sorprendió ver a Ramón Xirau y Homero Aridjis, dos poetas singulares y de momentos muy intensos en su poesía, pero que uno sospechaba marginados de este territorio por el hecho de que ambos privilegian otras actividades, la novela histórica en el caso de Aridjis, a la par de su activismo ecológico, y el trabajo académico al mismo tiempo que el ensayo filosófico en el caso del catalán. Igualmente me sorprendió no ver a poetas como José Luis Rivas, Tomás Segovia, Elsa Cross o Guillermo Fernández).

Este ejercicio, sin embargo, no era nuevo. Algunos años antes, Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela, ambos poetas, echaron a andar un proyecto fundacional: El manantial latente, Muestra de poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002.

Dispareja, desacomplejada, polémica como toda muestra por su vocación selectiva, El Manantial latente cierra con una encuesta muy similar a la de Letras Libres. En uno de los apéndices finales del libro, los poetas antologados diseñan un tablero de sus gustos literarios, dibujando con ello el plano de una percepción generacional sobre la poesía, el cuento y la novela. La lista de poetas mexicanos (o residentes en México) vivos, muestra coincidencias notables con la de Letras Libres. Sólo que en El manantial…  dicha nómina se amplía hasta 16 autores, resaltando la mención de Juan Gelman, extraordinario poeta nacido en Argentina que, a raíz del golpe de estado de 1976, decide adoptar nuestro país como su nueva residencia, así como la incorporación de Jorge Esquinca, Gerardo Deniz o Eduardo Milán, tres nombres que, de manera indiscutible, han logrado trazar alrededor de su personalidad un campo de influencia bastante amplio y notable en los poetas actuales.

Señalaba lo de las listas para acotar una idea que no representa un mayor hallazgo: No hay nada nuevo bajo el sol.

Hablaba de El Manantial Latente como un proyecto fundacional, pues en él confluían, por primera vez, un cúmulo de autores nacidos a partir de 1965. Vilipendiado por los excluidos, exaltado por quienes vieron en dicha publicación el primer trazo de una ostensible polifonía lírica, libro que iba a caballo entre los razonamientos críticos de sus coordinadores, y el desglose natural de una generación que se apoyaba en la difusión de instituciones como Conaculta, el Estado o la independencia editorial, El manantial… fue un primer paso que, con el tiempo, continuarían Árbol de variada luz, Antología de poesía mexicana actual, 1992-2002; Eco de voces, Generación poética de los sesenta, de Juan Carlos H. Vera; y La luz que va dando nombre, 1965-1985. Veinte años de la poesía última de México, de Alí Calderón, José Antonio Escobar, Jorge Mendoza y Álvaro Solís.

Toda antología, uno supone, es la revisión de un fundamento, para llevar a la práctica sus mecanismos críticos. Quien antologa siempre será sospechoso de encubrir nociones, de almacenar manes que surgen a la luz de un estudio preliminar nunca satisfactorio, de romper de tajo los sutiles paradigmas de la tradición, de enarbolar la bandera de un gusto que contrasta con el concepto básico de orden literario u orden estético. Sin embargo, también es justo señalar que en cada una de estas antologías se ha recabado información suficiente para trazar el perfil de una generación caracterizada por su raigambre, por su vocación traductora, por su visión de encontrar en los distintos medios de comunicación no sólo el núcleo de sus búsquedas temáticas o conceptuales, sino también expresivas; y también, -¿por qué no?-por sus afanes de aplicar la erudición académica a un discurso que en lo clásico busca los remanentes de la novedad. Muchos poetas de hoy, para mal o para bien, tienden al desmarque; al rediseño de su ideario, al rebuscamiento de nuevas nociones que le otorguen el aura de una originalidad absurda a su poesía. Muchos fenecen en esta búsqueda y acaban por sepultar sus versos en la complacencia de un entorno mediático donde lo que importa es el poeta de moda y su arraigo en la tribu.

Hay de todo hoy en día en la lírica patria pero, por desgracia, no para todos. La poesía que se escribe hoy en día en México tiene un muy precario marco crítico. La poesía vive del elogio permanente, de la apropiación de códigos que se gestan en los conventículos, en las fundaciones literarias o en las redes sociales, de la manutención de los aireados monumentos de una lírica diversa, sí, pero también constreñida, opacada por la necesidad de narrar el entorno o la crisis, acotada por la monstruosidad de un mercado que le otorga una mesita arrinconada entre los libros en lengua extranjera y los textos de computación. Son muchísimos, eso sí, los libros de narrativa que establecen sus amplios dominios en el catálogo.

¿Por qué narrar, de pronto, se ha transformado en una necesidad imperiosa no sólo de nuestra cultura, sino de las leyes que rigen el negocio de los libros? ¿Será la necesidad de un prestigio a través de la permanente exhibición de las novedades? ¿Será la imperiosa vocación por trasladar los símbolos de una realidad inadmisible a los felices escenarios de una ficción novelada?

Hoy en día narrar se ha convertido en una moda. Todos tenemos algo que decir; todos portamos dentro de nosotros la llama de una voluntad por contar algo. Los talleres de cuento o novela son vastísimas congregaciones que aspiran a seguir construyendo el templo de la literatura nacional.

El volumen de libros de narrativa mexicana, sin embargo, tampoco es signo de un esplendor literario y acaso la voluntad de narrar sea el síntoma de una enfermedad que incluye la soberbia: todos queremos contar el evangelio de nuestras posibilidades artísticas, todos queremos salvar con la palabra escrita a la realidad mexicana de su ominoso marasmo y de su proverbial bocabajeo. En el presente es difícil encontrar poemas “basados en la vida real”, aunque, todos sabemos, no hay nada más realmente humano que la poesía pues viene de un desgarramiento interior y de la necesidad de sanar fracturas más profundas.

Pero no todo está perdido. El trabajo paciente de algunos promotores de la poesía mexicana es notable: Hernán Bravo Varela, José Ángel Leyva, Luis Armenta Malpica, José Landa, Francisco Magaña, Antonio Marquet, Rodrigo Flores, Mercedes Luna Fuentes, Ulber Sánchez, María Rivera, Alí Calderón o Mario Bojórquez, entre otros, aparte de ser creadores, se han dado a la tarea ingrata de promover cada uno el trabajo poético que se gesta en su región o en el país.

Empecé con una lista y voy a concluir con otra. Los poetas jóvenes de nuestro país han atendido el eco de la tradición, pero también han confrontado los beneficios de la tecnología. Han adoptado muchos temas para distender un diálogo que sirve como contrapunto de la realidad. Son poetas de riesgo asumido, muchos de ellos. Por eso creo que la mejor poesía que se escribirá en México la harán en el futuro, entre otros: Eduardo de Gortari, Moises Vega, José Luis Bobadilla, Hugo García Manrique, René Higuera, Francisco Meza, Balam Rodrigo, Paco Alcaraz, Alvaro Solís, Mijail Lamas, Karen Villeda, Jorge Ortega, Leonardo Varela, Paula Abramo, Alejandro Tarrab. Algunos de ellos, creo, ya la están escribiendo.

De Heroicas

1 Nov

12703858-imagen-de-retro-de-cuero-del-balon-de-futbolNo el ave -síntesis de ángel- cautivada

por su silbo de argenta simetría

ni el follaje del árbol cuya danza

acentúa el filo de las hojas

 

No la canción del niño:

improvisada luz que levanta un castillo

entre las bardas del patio

ni la nube inflamada que atraviesa

el río de los ojos

 

No la voz expuesta -escultura precaria-

ni la palabra que se quedó detrás

de una declaración en el jardín

 

No la mano que dejó su reflejo

en medio del desastre

 

Todo enigma lo despeja la infancia:

es la pelota el corazón del aire

Un presentimiento/Mariel Iribe

1 Nov

de Hans Holbein-danza de la MuerteOlga siempre creyó que era una locura pensar en la muerte, hasta que empezó a sentirla cada vez más cerca, como una especie de aura; una presencia con vida propia que la rondaba por los espacios de su casa. Una mañana, al despertar, sintió que la angustia le oprimía el pecho y mientras veía por el borde de la ventana cómo bajaba la neblina hasta los techos de las casas, volvieron las imágenes en las que al final siempre agonizaba en diferentes escenarios. El pensar en un desenlace trágico no era capricho, sino consecuencia de los sueños. Había tenido la misma pesadilla todas las noches, y para ella eso significaba experimentar la angustia de la muerte como un lapso interminable.

La primera vez que tuvo estas visiones fue una noche de lluvia. Apenas cerró los ojos surgió entre la penumbra un caudal de sangre que emergía de los surcos de la tierra. La sangre brotó en espesas burbujas. Ella corrió al ver cómo el líquido humeante se deslizaba hacia sus pies y de pronto sintió que unas trenzas le golpeaban la espalda y que las piernas se le hacía cada vez más cortas. Su cuerpo se había convertido en el de una niña. Llegó hasta una casa aparentemente abandonada. El lugar estaba en ruinas. Lo único que lucía intacto era una puerta de madera. Olga alcanzó a golpear con su cuerpo infantil la aldaba. El eco del metal cayó como un travesaño hueco sobre la puerta. Entró a la casa y el lugar le pareció deprimente: las grietas subían por las paredes hasta los horcones. De pronto se vio frente a un espejo y, antes de cobrar plena conciencia de ese instante, advirtió que su rostro era el mismo. Fue entonces cuando tuvo la sensación de que un hombre la tomaba de la mano. Todo aquello le pareció un recuerdo. Cuando se dio la vuelta estaba frente a una cama con sábanas rojas. Se agachó, levantó la tela de una esquina para mirar debajo y descubrió una corriente de agua cristalina. Quiso tocarla pero despertó en su habitación. El manantial había desaparecido.

Olga seguía parada frente al ventanal, le gustaba imaginar un final diferente para cada sueño. Cerraba los ojos y si hacía un esfuerzo podía ver su cuerpo cayendo por un acantilado, rodando hasta tocar fondo contra las rocas puntiagudas de la costa; o una parvada de aves carroñeras la embestía buscando el blando blanco de sus ojos o de pronto se pensaba parada en la estación del tren, luego dentro de un vagón donde a través de una de las ventanillas se veía así misma cruzar la vía y atravesar los andenes hasta llegar a la calle. Acelerar el paso. Atarse el listón del abrigo hasta sentirlo ajustado en la cintura. Acelerar el paso. Bajar la banqueta y al mismo tiempo que tocaba el asfalto, la mujer que caminaba en la calle giraba la cabeza y entonces podía verse a los ojos. Después, ella, la del exterior, caminaba de prisa y un auto la arrollaba a gran velocidad, dejándola tendida sobre el pavimento.

Sergio abrió la puerta, y apenas entró a la recámara, ella lo sorprendió con una pregunta:

—Si muriera ahora, ¿te acordarías de mí?

Él se sentó en la mecedora hasta que se detuvo con un par de bruscos movimientos.

—¿Y quién te dijo que te vas a morir?

—Lo sé desde hace mucho tiempo.

—Si te mueres ahora, te buscaré espacio en una de las macetas del jardín, pues no nos alcanzaría para un funeral decente.

—Siempre es lo mismo. Es la última vez que te cuento mis secretos.

—Tranquila, te traje un regalo.

Olga se levantó de la cama y los dos se dirigieron a la cocina. Sergio acomodó los cubiertos en la mesa con cuidado.

—¿Sabes qué significan los sueños?

—No sé, creo que hay diferentes significados. Yo una vez soñé que tenía las manos tan débiles que trataba de agarrar las cosas y todo…

Olga escuchó la voz de Sergio como un eco que cada vez se fue haciendo más lejano y volvió a caer en un precipicio. No tenía que cerrar los ojos para que la imaginación y el miedo la tomaran por sorpresa.

“Que caiga todo, que se derrumben los coros con sus iglesias y sus acordes”, escuchó, y pensó que esa voz venía de sus adentros. Levantó la vista y se vio rodeada de flores blancas que descansaban en una larga fila que parecía extenderse hacia el horizonte. Se acercó con desconfianza a uno de los ramilletes y al hurgar entre los pétalos encontró una mano, tan pálida como el rostro que había visto aquella vez en el espejo. La sostuvo unos segundos tratando de entender qué hacía allí adentro, pero sintió asco de haberla tocado y la soltó. Al verla en el suelo se dio cuenta de que la extremidad era suya y antes de volver a tocarla para buscar una cicatriz, un recuerdo que le ayudara a reconocerla, cayó la noche. Ya era difícil encontrarla en la penumbra. Sintió que la había perdido para siempre.

—Quise soltarme y salir corriendo —dijo, e interrumpió a su esposo que seguía hablando de sus sueños.

—¿Qué tienes?

—No lo sé, fue una sensación extraña, como si todo pasara claramente frente a mis ojos.

Sergio se quedó callado.

—Tranquila. Ya pasó, abre tu regalo.

Puso una caja blanca sobre la mesa.

Olga sonrió ligeramente. Se acercó con una alegría tibia. Tomó la caja y tiró de uno de los extremos del listón que cayó desparramando sus tentáculos de terciopelo. Alrededor de la casa había un eco de ruidos silvestres, ruidos tenues que al escucharse con calma parecían más una marcha que un trinar de aves descompuesto. Abrió la alargada caja blanca. En la oscuridad de la casa, el filo de un cuchillo cortó la noche con un destello plateado.

Por si no puedes

1 Nov

azor-virallonga-medLa poesía ha visto la manera de otorgarle al hombre armas o herramientas para que éste logre reconfigurar su vida doméstica. Otrora héroe, testigo de la historia, protagonista de gestas espirituales que conformaron las vanguardias hacia inicios del siglo XX, el poeta de hoy ha hecho del entorno un campo sembrado de molinos de viento donde su voz, modulada, conmovedora y cierta, procura servir a un reducido número de lectores. Digo servir en el más estricto sentido religioso. La voz del poeta es siervo de las palabras que construyen, día a día, los eventos consuetudinarios de la rúa.

Al margen de la historia como cúmulo de acontecimientos de conmoción social, el poeta de hoy más bien pelea porque la tribu se aboque parcialmente a sus sentencias primarias. Hay poetas cuya finalidad encierra el deseo de que su poesía sean los fragmentos de una vida al servicio, no sólo de las palabras sino de las emociones o los sentimientos más trascendentes. Este poeta busca identificarse con esas necesidades conformadas por sentimientos arraigados en la domesticidad radiante, la elementalidad de sus actos, el arrojo humano de sus preocupaciones. Es un poeta que elude intelectualizar los objetos de su creación y así, como recién nacidos, los ofrece al mundo en toda su irrevocable naturalidad. Es un poeta de actos simples y de humanidad profunda.

Este es el caso de Jordi Virallonga y de su antología personal, Por si no puedes (La cabra editores-Ed UAS, 2010).

Libro que pasa por diversas etapas creativas del autor, identificadas a lo largo de las seis secciones (equivalentes a seis libros) que lo conforman, Por si no puedes atraviesa al mismo tiempo diferentes estratos en la vida del poeta. Sin embargo, estas etapas se rigen por una serie de rasgos comunes. La sustancial: una interlocución con personajes femeninos que aparece desde los primeros libros, y que nos narra el ascenso de Jordi –como figura paterna, como amigo o amante incondicional- a los territorios de una vida ajena a sentimentalismos y concesiones, dispuesta al dictado o la tutela primaria. A lo largo de este diálogo amoroso, Jordi nos ofrece la biografía desnuda de sus sentimientos y una serie de escenarios (la calle o la casa) como manifestaciones de un compromiso asequible con el entorno. Se trata de una poesía donde las acciones humanas más simples adquieren una trascendencia casi mística. Una poesía de inapelable ternura que jamás rosa ni romanticismos manidos, ni chantajismos vacuos ni alocuciones conceptuales presuntuosas.

Otro rasgo identificable (en particular en los primeros libros) es la ausencia de referencias cultas hacia el interior del tramado discursivo. Sorprende la templanza unitaria que conforma Por si no puedes, a pesar de mediar hasta siete años de distancia entre una y otra sección. Y sus separaciones se diluyen ante la voluntad de una voz enteramente conversacional desde sus primeros acordes.

Esta interlocución con la mujer ya no se vuelve tan perceptible en las tres secciones que cierran el libro, Los poemas de Turín, Todo parece indicar y Hace triste.

A partir de Los poemas de Turín, Jordi abandona el ámbito doméstico para acceder a los territorios de la referencialidad como vinculo hacia una geografía interior. Máscaras o personajes van documentando el diálogo permanente del poeta con una noción moderna de lo clásico, sin dejar de dimensionar, por eso, la domesticidad amorosa que rige sus primeros cuatro libros. Se trata de una poesía formalmente más trabajada, con una modulación madura, reconocible en las preocupaciones temáticas que la templan. Jordi no es un poeta que eluda el humor y la acidia. Muestra de ellos son algunos poemas que conforman Todo parece indicar, cuyo majestoso cierre -Ensayo de conversación con mi hija fregando los platos- recupera el tema de la educación sentimental ya tocado en Exhortación del presbítero.

La lírica española ha sonorizado entre varios diapasones. En una primera instancia, el diapasón sustancial de una poesía fija entre el arraigo de la tradición pero también proclive a la actualización de sus signos o temas. Por otra parte, el diapasón de la experiencia, escenario regido por el relato de una domesticidad profunda, íntima, no exenta de símbolos, pero en no pocas ocasiones banalizada por la simpleza de su discurso. En otro diapasón está la poesía que se diseña de y para la exuberancia notable. Una poesía de la extrañeza, de la diafanidad y de la revelación permanente.

Difícil ubicar a Virallonga en algún perfil de los sustratos poéticos actuales en lengua española. Su poesía nos habla del poeta como dueño infranqueable de su vida y sus experiencias vitales a través de la desmarcación discursiva. Es un poeta plenamente confesional y amoroso. La casa, la calle, el amor filial, el sentimiento como instructivo de supervivencia doméstica son apenas unos rasgos que revitalizan este libro. Son, también, cosas de todos los días, de poetas y de hombres que se identifican ante las maravillas que se ofrecen como los milagros tangibles de un dios errático. Finalmente todos somos el padre, el esposo, el amigo o el hermano que sobrevive entre las páginas de Por si no puedes.

 

Jordi Virallonga

Por si no puedes

La Cabra ediciones-Ed. UAS

2010

162 pp.