El Feroz

28 Oct

feroz¿Qué nos une a la vida? ¿Qué cosas nos sustraen de la muerte para ponernos en la vida, esa suerte de tren fugaz que le abre paso a las lamentaciones, los ritos, las certezas insobornables y las múltiples dudas?

Una enumeración de estas cosas no abarcaría mucho espacio hacia afuera; sin embargo, en su entraña, estas cosas se prolongan hacia un más allá donde los conceptos se diluyen. Por ejemplo: hacer feliz a tu familia, dicho así, solo es una frase. Pero lograrlo equivale a un sinfín de acciones pequeñas que solo desnudan nuestra naturaleza interior. De pronto descubrimos que no era tan difícil porque detrás de cada acto late un amor que paulatinamente adquirió forma en el tiempo y el espacio. Escribir, otro ejemplo, parece fácil. Pero no, detrás de ese verbo tiemblan muchas nociones, y muchas historias se acumulan esperando el justo momento en el que el lenguaje y la voluntad encuentran su propio ritmo. Leer, de igual forma, puede ser un solo acto mecánico que se sume a los muchos actos de nuestra domesticidad irremisible. Pero detrás del leer, claro, reclaman su sitio muchas anécdotas, muchas conversaciones que convirtieron un escritorio, una mesa de café o la barra de una cantina en un ágora insustituible. Porque leer es, ante todo, conversar. Pero también es mantener esta conversación permanentemente, como el árbol o la piedra que vemos en el camino y que nos gusta ver, porque forma parte de nuestro paisaje íntimo. Tener un amigo es también casi parte de nuestra obligación sustancial. Mantenerlo puede ser difícil, no faltan las diferencias políticas, los malos entendidos, los demonios que logran su golpe maestro y opacan el entendimiento común.

A título personal puedo decir: tengo una familia a la que amo y tengo un puñado de amigos y cada uno de ellos encarna una voluntad que me une al vasto paraíso terrestre. Si hablar de ellos bien representa un confort, hablar con ellos equivale a un premio que concentra cariño y agradecimiento mutuo. Durante muchos años tuve el premio de la amistad y la conversación de Álvaro Rendón. Entre los dos alimentamos innumerables temas que aparentemente se agotaban, solo para retornar con el brío y el renuevo de otro día en nuestro cubículo de turno. Supe desde hace mucho que sus pasiones eran, entre otras, el boom latinoamericano, la narrativa de Onetti, el beisbol, las abigarradas cláusulas faulknereanas, la novela policiaca, José Alfredo Jiménez, Frank Sinatra, el Gabo, Vargas Llosa, el tequila —antes de su estruendosa mercantilización—, el whisky, Truman Capote o los Yanquis. Desdeñaba las computadoras, y los celulares solo los utilizaba como el vehículo inmediato para hacerse presente con su pasión más primordial: sus hijos.

Por él supe que tenía hermanos y que los veía invariablemente en sus viajes a Mochis, para desentrañar entre todos los misterios del beisbol, el futbol o el basketbol. Una vez que le hablé de mi desconfianza hacia Omar Bravo, él me dijo que uno de sus hermanos opinaba igual y que ponía por encima del mochitence a Juan Carlos Cacho, en aquel entonces delantero del Pachuca. En otra ocasión me habló por teléfono de Mochis para decirme que a un sobrino suyo le habían puesto por nombre Paolo, en honor a Maldini, uno de mis dioses futbolísticos tutelares.

¿Qué hacía el Feroz? ¿Qué lo convertía en un hombre irremplazable? ¿Qué le otorgaba ese halo de humanidad tan extraño en una época de terror, de miedo, de impunidad calamitosa? Tenía, entre otras cosas, el don de escuchar y manejaba la prudencia como el estilete de un duelista ensayado. No hablaré de él como lector, porque ese finalmente es uno de sus rasgos que más lo definieron. Muchas, muchísimas horas hablamos de temas completamente ajenos a la literatura (de las bondades del Tafil y el Prozac a las virtudes visibles de Sasha Grey, pasábamos, entre otros temas, por el cine de acción, los dvds piratas, las ofertas del supermercado, la hipocondria, Vicente Fernández, la depresión, el insomnio, la úlcera gástrica, los rostros de los famosos, el bourbon o la línea de tres). Aunque parezca difícil creerlo, era un hombre que estaba en el permanente aprendizaje de un mundo cada día más incomprensible. Su propia noción romántica lo traicionó en el momento definitivo. Me dijo una vez, hace tiempo, cuando inició en Sinaloa la explosión violenta a partir de aquel fatídico 30 de abril: “Yo estoy con Luis Astorga, poeta, él dice que si la sociedad civil, el ciudadano común nada debe, no tiene nada qué temer”. Solo le faltaba vestir de levita, montar a caballo y entonar un corrido al pie de un balcón floreciente.

dimaggioTodavía recuerdo a mi padre y él debatiendo los innumerables méritos de Joe Dimaggio, para concluir que era el jugador favorito de ambos. Además de ser quien termina casándose con la princesa, al final de la cinta, terminaba diciendo Álvaro, aludiendo a la rutilante Marilyn Monroe. El beisbol, como una vida alterna, le fue otorgando códigos que él aplicaba a la vida diaria con el encantador cinismo de quien lanza piedras al azar en medio de la multitud. No era afecto a la poesía, pero sí a leer y releer a ciertos poetas que iban alimentando su necesidad de extrañamiento y de conmoción. Nunca le pregunté por Guillermo Fernández, poeta de quien le había regalado un librito hacía como quince años. Aunque él siempre respondía sobre poetas con alusiones exactas a Ramón López Velarde y muchos de sus versos.

Hace algunos años, en el Polideportivo de la UAS, tuvo su camino de Damasco y se le rebeló Joaquín Sabina. A través de su amiga entrañable, Melisa Cota, comenzó su viaje a la urbe musical del célebre Flaco y se suscribió a las veladas que organizaban algunos de sus alumnos en honor del legendario compositor español. Antes, claro, me hizo una pregunta que sonó más bien a la consulta del paciente a su médico incorruptible: ¿No estaré muy viejo para esas cosas, Poeta? Me contaba sus cuitas de salud, que formaban parte del mapa bien trazado de la hipocondría. Lo escucho como si fuera ayer: “Le dije a mi cardiólogo que me dolía el pecho y él me dijo que no, que no tenía nada, yo le dije sí, tengo algo; finalmente él me contestó: si quieres venir a regalarme 500 pesos allá tú”.

Presumía ser amigo de los tres mejores narradores sinaloenses, mientras todos alrededor lo presumíamos a él como un trofeo que resume cordialidad, justicia, inteligencia, temple y una gran confianza en la bondad del hombre. Tuvimos muchos amigos comunes y en esa comunidad, sin duda, él era el centro.

Era nuestra radiante plaza pública y desde ahí, indiscutiblemente, la vida era menos, mucho menos amarga.

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