El atorrante

10 Oct

jaime

a Vicente, Roni y Pavel

No recuerdo con precisión a mi primer amigo. Tengo la imagen borrosa de un niño pequeño, debajo de un árbol, disputando conmigo algo que pueden ser soldados verdes o camiones militares del mismo color. Sé que se llamaba Carlos y que murió de leucemia a los 4 años mientras yo me sumía en los subterfugios de una infancia que encuentra, de inmediato, explicaciones adultas para el dolor o eso que parece dolor, pero es solo vacío. De esa etapa hasta la adolescencia tenemos compañeros que van madurando en el reconocimiento común, en los fantasiosos ideales que se gestan desde el cine o la imaginería televisiva, en los desamores y las palabras que lo subvencionan, en la competencia deportiva o en la noción clara de que la experiencia terrestre (Holderin dixit) comienza a dibujar frente a nosotros sus arabescos, e instala sus minas donde la condición humana se descubre diáfana y abismal. Sabemos, entonces, que hace falta algo más que la palmada en la espalda. Que ni la mera empatía ni los ejemplos extraídos de un entorno ficticio (“en la película fulana, a X le pasa lo mismo y…”) sanan esas fracturas íntimas. “Aprendes a madrazos”, me dijo Jaime una vez. Sin embargo no lo decía como una consigna lapidaria, como una perla extraída de un consenso universal: me lo dirigía única y estrictamente a mí. Tú aprendes a madrazos, me aclaró luego, mientras yo sentía cómo ese aforismo acuñado en malasaña, en las trincheras del estudiantado cruento o en los cuadriláteros de las calles más profundas de la colonia Juárez mazatleca, se me escurría entre los dedos como la llovizna.

No recuerdo con precisión a mi primer amigo. Pero sí recuerdo aquello tarde en que conocí a Jaime, acaso el amigo que ha jugado un papel más determinante en mi vida. Yo era estudiante de Letras y era 1985. Él se pasaba leyendo ensayos de Octavio Paz o novelistas de García Márquez en una mesa de la cafetería Tabachín, fumaba Montanas que diseñaban en su rostro pálido, trazado con precisión por el arte gráfico de la noche, una máscara de risueño cinismo. Se sentaba en una mesa de doble sillón, siempre de cara a la puerta principal (me gusta ver quien llega). Anotaba en una libreta de universitario citas, poemas, frases que la memoria le regresaba de pronto, y las ensayaba frente al amigo con la elocuencia de un orador cuyo foro aún no se inaugura. Había momentos en que el asiento era una plaza pública regida por un colegiado variopinto que celebraba lo mismo la cita, que la consigna unánime o el chiste flamígero, casi siempre dirigido hacia algún presente. Era la educación oral de la carrilla como método de supervivencia en una sociedad dispuesta a oír, dispuesta a abrazar la retórica como el arte del sentido común. Era la manutención del sablazo como disciplina y de la literatura como mero pretexto para dibujar el escenario de un estentóreo consenso. Yo me solía sentar en el sillón de junto. Me reunía con Martín Amaral a platicar de Borges y a escribir, en cuadernos opacos, algunas ideas, cuentos mínimos, frases que iban surgiendo como los felices hallazgos de una vocación irrestricta. Mi vecino de mesa, en una ocasión, llegó hasta mi lugar, tomó uno de estos cuadernos, lo abrió con una curiosidad aplicada y con esa sonrisa inconfundible que me acompañaría durante muchos años, y me dijo:  así que eres poeta. Me hice Poeta por decreto, determinado por la simpatía, el arraigo, la conversación prolongada, la cerveza y los cigarros amargos que disciplinaron nuestra amistad. Comencé a conocer esos círculos que ceñían su vida doméstica a una ruta fija: de un cuarto que rentaba en la Rafael Buelna se iba caminando a su trabajo en la Caades; de ahí, igualmente a pie, llegaba a comer a la casa de la mamá de Jorge Aragón. Lo demás era del dominio público: el muchacho que se sentaba regularmente con un poeta, en una mesa de café, a leer entre interrupciones animadas por el hallazgo de una frase o un verso que irradiaba verdades duras como piedra, pero también belleza irrebatible. O el muchacho que, con la mirada gacha por la lectura inviolable, sólo salía a la superficie por la animación de los amigos que desfilaban en pos de un saludo, un consejo o una simple opinión sobre los temas trascendentes que regían la política universitaria.  Ahí nos alcanzaba regularmente Vicente Amaral, quien en ese entonces trabajaba como inspector de obras en el Ayuntamiento, y compartía la afición por la lectura. Juntos salíamos a la banqueta e iniciábamos un recorrido que buscaba hurgar, en las entrañas de cantinas medio sórdidas que cabían en un puño (La Bola, El Cachi Anaya, el Periodista, El Quijote) nuestras propias entrañas. ¿Cuántas veces lo hicimos? No lo sé. ¿Cuántas declaratorias de cariño y amistad prolongada nos hicimos, mientras observábamos cómo la  noche se consumía con la prisa de un meteoro? No lo sé. Conocí detalles de su vida que encarnaban la nobleza de un espíritu nada complejo, rebelde e incorruptible en lo esencial. Lo vi besar, muchas veces, la foto desde donde su hijo, muy niño, nos observaba borrachos pero enteramente humanos. En ataques de súbita seriedad solía decirme: “Aunque no lo creas, te respeto mucho cabrón, porque apostaste por la poesía”. Yo en broma le pedía asumiera la responsabilidad de mis actos. Que él era, en realidad, el culpable de que un prometedor cuentista torciera su camino hacia una lírica ingrata. Sin embargo, nunca habló bien de mis poemas y sí lo hizo de mi prosa. Más de una vez me obligó a escribir algo para La revista, aquel legajo memorable de voluntad y empeño crítico que salía a regañadientes bajo la gestión de Roni.

Todos esos años fueron de una felicidad sin controversias, apuntalados por el encono de una rebelión que truncaba la cerveza y el apego profundo a los paisajes que iba dibujando en nosotros. En 1988, con el triunfo virtual de Cuauhtemoc Cárdenas en las elecciones presidenciales, Jaime, Luis Guillermo mi hermano, Vicente y yo nos fuimos a celebrar la caída del PRI, bajo las notas arrastradas de un conjunto norteño que entonó el Son del agrarista varias veces. Durante la primera Guerra del Golfo, emprendida por George Bush padre, Jaime y yo fuimos a sopesar la posibilidad de  instalar un campamento en plena avenida Álvaro Obregón. Caminamos las cuadras que separaban la Bola de la Plazuela y nos sentamos en las escaleras de Catedral, bajo los aires de una borrachera que se disipaba paulatinamente. Nos quedamos viendo los distintos puntos donde nuestra (su) empresa pudiera lograr un mejor efecto. Hacía frío, pensamos que lo mejor era ir cada quien a su casa por una chamarra y todo lo necesario. Nos separamos con la mirada alta de quien está a punto de vengar mil afrentas y nos fuimos a dormir. Al día siguiente, en el café, nunca tocamos el tema de nuestra rebelión y nos ausentamos cada quien en su lectura. Ahora sé que él, Vicente, Roni, Maripas, El Trejo, Melchor, el Dr. Rochín, el Coruco y todos los entes que llegaban al café a convertirlo en una plaza pública inexpugnable, precedieron mi gusto, mi afición por Seinfeld y sus congeneres, esos seres que viven al filo de la neurosis neoyorquina e irradian sentido común, cinismo, inteligencia y un patetismo que tiene mucho de autocompasión. El mejor ejemplo lo puede representar este diálogo, más o menos fiel:

Jaime: Oye, poeta, tengo ganas de una novia.

Yo: Sí, yo también, fíjate.

Jaime: Busquemos novia entonces.

Yo: Sí, búsquemos…

Jaime: Pero antes pidamos otras dos medias ¿no?

Yo: Qué buenos pa’ nada somos ¿verdad?

(risas)

O este otro:

Jaime: Fijate, Poeta, que he estado hablando con el encargado de Recursos humanos de la Caades, y están buscando a un bibliotecario. Creo que ese empleo te vendría bien.

Yo: (Fija la vista en su interlocutor, extrañado) Dime algo Jaime, vamos a tomar hoy, me levanto a las 11 de la mañana, todos lo días leo 100 pags. ¿Quién diablos te ha dicho que yo quiero trabajar?

(risas)

Alguna vez Juan José Rodríguez me dijo, me presumió que él también tenía su Jaime. Ese amigo que salvaguarda con cinismo lapidario la inocencia del otro, ese ser que te enseña más que la caudalosa literatura de autoayuda, ese ángel que armado hasta los dientes de una retórica sustancial logra encontrar un cúmulo de necesidades humanas y te da sus respuestas. Todos deberían tener su jaime, o alguien que te hable, sin complejos, de que la vida es más intensa que todo lo que se gesta en la literatura que compartes.

Durante mucho tiempo dejé de tratarlo, más nunca dejé de considerarlo mi amigo. Siempre que nos veíamos, la sonrisa franca nos regresaba a ese lenguaje de la complicidad antigua en la que éramos jóvenes e indocumentados. No hablaré de su dolorosa partida. Sí hablo, y lo hago con emoción, de esa estela que dejó su paso por mi vida. Me interesa evocar la conmoción que nos producían, en aquella época, los detalles del mundo. Le gustaba que le dijeran Jaime (no le complacía mucho el apodo que alguien le había endilgado en la casa de estudiante: Muerto). El Jaime necesario.

Pude verlo durante su último año de vida y pude congraciarme con él. Pude, creo, dejar constancia de que mi emoción hacia él estaba incólume, que la literatura seguía tejiendo entre nosotros su vínculo irrompible y que las verdades, entre los hombres, si vienen de un sentimiento unívoco, son absolutas. Lo quise mucho: esa es una verdad que espero lo siga hasta esa revuelta que, seguramente, allá en lo alto, ya comenzó a planificar, para obra y gracia de todos.

Advertisements

One Response to “El atorrante”

  1. Ronaldo González October 12, 2013 at 4:02 pm #

    Mi querido Poeta, he releído, conmovido, tu reseña de nuestro “ángelito”. ¡Me hiciste recordar tantas cosas, tantos pasajes de aquella juventud confirmada por la generosidad y el desprendimiento! Y sí, es cierto, recuerdo puntualmente sus encomios para contigo, su presión para que escribieras en la revista y pasaras de la poética a la prosaica. Qué prosaicos lo eramos, aunque tú, además de buen prosaico, éras y eres buen prosista. Vale tu texto para tener presentes los 52 años que Jaime hubiera cumplido el pasado 9 de octubre. Un abrazo fuerte, amigo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: